Diario de un viajero melancólico

“Ir y quedarse y con quedar partirse,
partir sin alma e ir con alma ajena,
oir la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desacirse;
arder como vela y consumirse
haciendo torres sobre tiernas arena;
caer de un cielo y ver demonio en pena
y de serlo jamás arrepentirse…”

Lope de Vega (Rimas)







PALABRAS DE PRESENTACION
Un día de primavera de 1995 me fui de viaje. Volví casi un año más tarde.
Varias razones me llevaron a largarme de Córdoba: mi novia de entonces me abandonó; el diario en el que trabajaba quebró; el efecto tequila sumió al país en un verdadero desastre; no tenía ganas de buscar trabajo, y la idea de huir me pareció la salida más razonable.
Agradezco haber tomado aquella decisión. Fue una aventura maravillosa. Una de las consecuencias literarias de aquel viaje, fue esta suerte de diario escrito por un tipo bastante parecido a mí: un desordenado y arbitrario compendio de recuerdos, sensaciones, gentes y lugares, en el que también hay espacio para reflexionar, a través de una pequeña historia, sobre el amor, la pasión, y el olvido.


Córdoba, 1997




PALABRAS DE PRESENTACION II

Muchos años después, frente al pelotón de los recuerdos, el aprendiz de escritor habría de reconocer que el texto titulado “Diario de un Viajero Melancólico” era propietario de algunos méritos y que reunía ciertas condiciones para ser leído por quien pudiera interesarse. Quiso corregirlo, sacarle cosas, agregarle otras, pulirlo de adjetivos y gerundios, pero prefirió dejarlo como estaba. Mejor así.

Londres, 2007




Viajar

Viajar...viajar sin rumbo fijo, viajar a cualquier parte, o a todas. Viajar por el placer de hacerlo y para encontrarse con uno mismo...viajar para coleccionar amaneceres y vientos; lluvias y cielos. Viajar para olvidarse del tiempo. Viajar para llevarse lejos la tristeza, tan lejos que se pierda en el camino y no encuentre el regreso. Viajar por todo eso. Viajar por ella, o en todo caso por lo que de ella queda: para olvidarse que los días alguna vez se midieron por su presencia; que el norte eran sus ojos, que el sur sus manos. Viajar hasta agotar el cuerpo de caminos, rostros y olores. Viajar hasta que el recuerdo sea invisible como el aire, y no duela.


Ezeiza
Si Ezeiza no es el peor aeropuerto del mundo, merecería serlo. Si acaso alguien albergara una pizca de dudas sobre abandonar o no Argentina, la visión de éste lugar; el estrepitoso corretear de la gente, el griterío de taxistas y remiseros, y la fealdad de las instalaciones bastarían para despejarlas. Quizás no sea así, y soy yo que veo todo mal, pero no creo equivocarme tanto. Quise evitar Ezeiza, pero por alguna razón, nunca se puede. Este aeropuerto es una cagada.
De todas maneras estoy aquí, tres horas antes de mi partida hacia Moscú. ! Que joder ! si hay que huir, es mejor hacerlo bien lejos. A Moscú y en invierno, cosa que el viaje comience a lo grande, como una película de David Lean.
Estoy solo en la sala de embarque junto a mi equipaje. Sin nadie que me despida. Me gusta eso, partir solo sin la angustia de ningún rostro lloroso detrás de los cristales; con la ansiedad de quien emprende una travesía por el desierto; con la ligereza de quien no posee más que su estatura y sus vestidos. Estoy sentado frente a un grupo de marineros rusos que vuelven a su país luego de varios años de estar presos en Argentina. Fue un caso muy comentado en los periódicos y la televisión, pero hace tanto de eso, que lo había olvidado: al parecer formaban parte de la tripulación de un carguero soviético sorprendido en el puerto de Buenos Aires por la hecatombe de la perestroika. De un día para el otro el gran país comunista estalló en mil pedazos y nadie quiso hacerse cargo de un barco cuya bandera ya no existía para el mundo. La desidia y la burocracia hicieron el resto. Ahora puedo verlos: están contentos, exultantes, rojos de vodka, ebrios de gozo ( aún para los rusos, algunos años en la Argentina de Carlos Menem pueden ser fatales). Son unos cincuenta, están apiñados alrededor de las cámaras de televisión que cubren la noticia y parecen niños saludando a sus familiares en casa. Durante años estuvieron aislados en un país desconocido, olvidados por un régimen que ya no existía; prisioneros de los vaivenes de un poder agonizante. Ahora vuelven a sus hogares: son rusos, eslovacos, lituanos y algunos dicen vivir a orillas del Mar Negro. Como una ironía del destino, regresan alegres a una tierra para la que no existieron en los últimos años. Puedo entenderlos: el amor, a menudo, hace incomprensible las cosas, a tal punto que muchas veces queremos y amamos sin la necesidad de comprender porqué lo hacemos y si tiene sentido hacerlo. Es lo que le pasa a la mayoría de los habitantes con éste bendito país.
Cuento los minutos para la salida del avión. Ruego que pasen rápido; no veo la hora de estar en vuelo, que es como estar en un lugar imaginario, sin fronteras, sin nombres, sin fechas, sin pensamientos ni olvidos.




Volar
Cada vez que subo a un avión pienso en el Ladrón de Bagdad y su alfombra mágica; pienso en Leonardo Da Vinci dibujando garabatos y en los Hermanos Lindberg. Juego a encontrar a Icaro suspendido entre las nubes. Me convierto en un niño que no termina de maravillarse con esa magia de remontar vuelo y atravesar los aires. Por eso siempre elijo las ventanillas: para poner la ñata contra el vidrio y devorarme el espacio, descubrir el perfil de los continentes, las olas de los mares, el rumor del infinito, el principio del día y de la noche. Puedo pasar totalmente de las malas compañías, de los vecinos que roncan con quejidos de animales prehistóricos, de las comidas basura, de esos nervios que te llevan a imaginar tu último viaje, de la clase turista o la primera clase - al fin de cuentas la única diferencia radica en que si el avión se cae, los de primera morirán con el estómago repleto de caviar en lugar de pollo -.y de todas esas tonterías burguesas que tanto nos empequeñecen a veces.
Mi vuelo a Moscú tuvo un poco de todo esto. Fueron veinte largas horas - con tres paradas obligadas - alegradas por la incontinencia etílica de los marineros rusos y la exquisita compañía de Patricia, una bella santafesina que a sus pequeños diecisiete años iba al encuentro del amor maduro de un arquitecto veneciano.
Disfrutando de los vuelos, pienso que la muerte debiera ser así: avanzar entre las nubes por el cielo infinito, sin saber nada de nadie.




Madrugada en Moscú
Cuando se hicieron las cinco de la madrugada y me encontraba solo en el horrible aeropuerto de Zeremeteyevo, me vino a la memoria una de esas malas películas de espías que solía ver en Domingos de Cine: el tipo siempre estaba solo esperando a alguien importante, que le traía una valija o que se yo qué, para que la llevara a otro lugar.
Y ahí estaba yo, esperando a ese alguien, cuando apareció un sujeto con cara de pocos amigos - quien puede tenerla a esas horas - y me llevó hacia una kombi con la cual me transportó al hotel . No tuvimos problemas de idioma, porque el hombre en ningún momento insinuó usar palabra alguna, y yo como soy un caballero, respeté su silencio.
Jamás olvidaré el trayecto entre el aeropuerto y el hotel: solo avanzaba nuestro automóvil por la carretera; la noche era infinita y no alcanzaba a distinguir donde empezaba la nieve y donde terminaba el cielo. Nunca había visto una imagen de esa naturaleza. Allí me dí cuenta de que los inviernos de Córdoba no tenían nada que ver con eso que tenía enfrente. Estaba absorto, encantado, sentía la misma emoción que el día en que conocí el mar. Fueron veinte minutos de viaje, pero no fue solo eso para mí: había comenzado en verdad mi aventura, y no podía haber sido mejor comienzo. Lo sentía en todo mi cuerpo, estaba contento y lo festejé a mi modo, sin hacer ruido, porque todos dormían a esa hora - creo que hasta el chofer - y no me parecía prudente despertarlos solo porque a mí me gustaba el paisaje



La sonrisa de Vladimir
Soy de una tierra hermosa de América del Sur, pero en la puta vida había visto nevar. Siempre llegaba tarde al asunto: sea como fuere, la nieve siempre estaba en el suelo cuando llegaba al lugar de los acontecimientos. En Moscú llegó mi desquite: estaba parado en medio de la Plaza Roja y la nieve comenzó a caer lenta y silenciosamente, como si alguien desde las nubes estuviera esparciéndola meticulosamente. Era tanta mi alegría que a punto estuve de echarme a bailar por las aceras, de no ser por el frío intenso que subía desde mis pantorrillas y llegaba hasta el centro de mi cerebelo.
Todo era imponente. Esa plaza magnífica, rodeada de edificios por un lado, el Kremlim por el otro y al fondo, como centinelas, las torres de la Catedral de San Jorge. Era demasiado, máxime para alguien que alguna vez supo emocionarse con el Cucú de Carlos Paz o el Zapato de Capilla del Monte. Era como si estuviera en medio de una película, en otro mundo: la gente era distinta, todos caminaban enfundados dentro de sus grandes abrigos, bajo sus gorros de piel, con las sonrisas escondidas por el frío y el viento. El cielo era de un gris profundo y el aire olía a cientos de años, a siglos de civilizaciones, a misteriosas encrucijadas, a sueños inconclusos…a penas y olvidos.
Caminé durante varios días por esa ciudad extraña y maravillosa. Me perdí en sus gigantescas estaciones de metro, caminé por los parques helados, por los ríos congelados que rodean al Kremlim, por los viejos mercados con sus tiendas de pescados y especies; por los nuevos shoppings que invaden la ciudad como un castigo de Occidente, por su calles empedradas y húmedas, por la magnificencia de sus iglesias. Me dejé llevar por la magia de un lugar singular; tan singular y exótico que el solo hecho de pronunciar su nombre ya arranca un suspiro de inquietud.
Jamás podré olvidarme de Moscú, de esa ciudad cubierta de nieve, del único lugar del mundo que exhibe el cádaver de un hombre en el corazón mismo de su plaza mayor. Cualquiera puede verlo: es un hombre chiquito, calvo, con una barba pequeña y enfundado en un traje oscuro. Está en una caja de cristal dentro de una tumba no muy grande. La gente hace cola para verlo y pasa por delante sin detenerse; está prohibido hacerlo. No se lo puede fotografiar ni filmar, solo mirarlo, como quien mira una estatua o un cuadro. En vida fue nada más y nada menos que Vladimir Ilich Ulianov Lenin, el mejor alumno de Carlos Marx, el padre del comunismo, el compañero de trifulcas de León Trotsky, y por sobre todas las cosas, un gran aguafiestas.
Ahora es un recuerdo, es el pasado de muchas generaciones, es un souvenir de la historia que sonríe, como los maniquíes sonríen cuando llegan las ofertas de fin de temporada y los escaparates brillan de ofertas y colores.



Trenes
La vida es como un tren avanzando en medio de la noche, se lo escuché decir a alguien en una película de la que ahora he olvidado el nombre. Me gusta esa frase. Si la muerte debiera ser como un avión atravesando las nubes, la vida podría dibujarse con trenes: trenes avanzando en el horizonte; trenes penetrando en valles y praderas; en túneles y selvas; trenes titilando sobre las vías, zigzagueando sobre desfiladeros, pitando en la inmensidad de los desiertos. Adoro los trenes, los trenes y las estaciones. Amo los andenes en invierno, escarchados de nieve, helados de soledad y espera; disfruto con las estaciones repletas de gente de todos los colores, de todos los sonidos, de todos los amores y los desamores también. Me conmueven las despedidas, por un día o para siempre; Me conmueven los adioses y los tequieros en los labios de los amantes; los encuentros y el cansancio de los viajeros.
Cada vez que subo a un tren es un como un recreo, es una aventura que me recuerda cientos de libros, de historias, de películas, de canciones. Es un pasaje a la ilusión de ser un niño correteando por los pasillos, un polizón escapando de la Gestapo; Hércules Poirot descubriendo los crímenes en el Expreso de Oriente; Mr. Phileas Fogg fumando un puro y haciendo cuenta sobre los días de su vuelta al mundo; Humphrey Bogart llorando silenciosamente la ausencia de Ingrid Bergman o Buster Keaton montado en la General y en busca de su novia.
Tienen aún tanta poesía, romanticismo y misterio que merecerían toda la piedad del progreso y la tecnología, pero, ya sabemos que estos nada saben de piedad, y menos aún de poesía.



Santa Evita en Kreuzberg
Es extraño, pero ahora que lo pienso bien, me doy cuenta hasta que punto todo puede ser una historia de ficción muy bien narrada; la trama de una historia que comienza y termina infinitamente; la invención de alguien, como bien decía el viejo Borges. Lo digo porque es la primera vez que me siento parte de un orden superior, un esquema que me sobrepasa y a la vez me contiene.
Es invierno en Berlín. La nieve se multiplica en sus calles, sobre los autos, los techos de las casas y en los grises abrigos de los transeúntes. Camino con un libro bajo el brazo y disfruto de la expriencia de andar por una ciudad nevada y sorprenderme de las huellas que mis botas dejan en las aceras.
Entro a uno de las tantos bares turcos del cosmopolita barrio de Kreuzberg, pido un döner kepav, una cerveza y comienzo a leer Santa Evita, la novela de Tomás Eloy Martinez, que había eludido, inexplicablemente, desde su aparición. Recorrer sus páginas y meterme en esa historia es una experiencia atrapante, tanto como éste lugar lleno de inmigrantes turcos que beben y vociferan historias como si fuera el último refugio de sus vidas. El cadáver de Evita, la figura de Perón, el döner, la cerveza y la nieve se convierten en un espectáculo estremecedor y confuso. Veo todo como en un cine: puedo verme en un bar leyendo una novela, lejos de mi casa, abrumado por la nostalgia, rodeado de extraños solitarios y disfrutando de la maravillosa capacidad de Eloy Martinez para contar historias.
Estuve casi tres horas en ese lugar. Eran las seis de la tarde, pero hacía tiempo que la noche se había apoderado de la ciudad. Regreso con la panza llena, la embriaguez de las poderosas cervezas alemanas y con la tensión de la lectura en mis ojos. No puedo abandonar la trama y solo lo hago para atravesar las tres calles que me separan de mi departamento en Reichberger Strasse.
Leí Santa Evita de un tirón, no pude levantarme del sillón nada más que para prepararme un café o echarme una manta sobre la espalda. Me fascina esa odisea necrófilica , esa abrumadora metáfora sobre nuestro país, ese cadáver viviente atravesando como una maldición, la conciencia de los argentinos.
Al concluir sentí una mezcla extraña de placer y vacío. Argentina a la distancia se me apareció como un recuerdo…recuerdos y recuerdos amontonados como diarios amarillentos en el sótano de un viejo archivo.
Tengo sueño, siento el cansancio de la lectura en todo mi cuerpo. Reservo las últimas imágenes del día para una calle ancha y solitaria que se abre tras la ventana. Los árboles desnudos parecen una pintura expresionista. En la quietud de la noche y en el frío de la madrugada, alguien escribe el nombre de una mujer sobre la nieve. Puedo verlo; es una conmovedora postal de invierno. Apago la luz y agotado, me duermo. Berlín es un silencio inmenso…inmenso




Encuentros fortuitos con gente notable

Julia, que bella niña
Si alguien me hubiese dicho que algún día besaría la mano de Julia Roberts, sin duda me habría reído. Y sí además hubiese agregado que ella me agradecería tal gesto, entonces…entonces ya le hubiera pedido que dejara de tomarme el pelo. Pero, aunque nadie me lo dijo, el suceso ocurrió. Lo apunto en éste diario, porque no es cosa que pase todos los días, salvo que uno esté en el lugar adecuado, en el momento oportuno y con una generosa suerte de tu lado.
Fue durante los días del Festival de Cine de Berlín. Había más estrellas que en el planetario de Palermo, y entre todas ellas estaba Julia. Había soportado con estoica profesionalidad de periodista las presencias de Jodie Foster, Emma Thompson, Tim Robbins, Terry Gilliam, Claudia Cardinale, María Grazia Cuchinotta, Susan Sarandon, Bruce Willis , John Travolta, Dany de Vito y otros tantos, pero con ella no pude resistir.
Sabía que asistiría junto a Stephen Frears a presentar el Mary Reilly, así que decidí no esperar en la sala de conferencia de prensa a que entrara. Salí a buscarla.
A contramano de la muchedumbre, salí hacia los fondos, movido por la intuición.
Era viernes y hacía tanto frío en Berlín que se escarchaba hasta el aliento. Una sola cosa desentonaba aquella tarde en la puerta trasera del Hotel Continental - sede del festival - : la inmensa sonrisa de Julia. ¿Cómo definirla ?… elijo a Eduardo Galeano para que me ayude: era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
Bajó del automóvil y seguramente debe haberse sorprendido de la cantidad de gente que había esperándola: eramos cuatro solamente. Una mujer entrada en años, que puntualmente había cosechado los autógrafos de todas y cada una de las estrellas del festival; un paparazzi italiano, que para mi sorpresa ( al saber que era argentino) en lugar de hablarme de Maradona y Gardel, lo hizo sobre Borges y Piazzolla; un adolescente alemán con un poster de Mujer Bonita sobre su pecho y el que suscribe.
Ella se apartó de sus guardaespaldas, se acercó caminando, como si levitara, y satisfizo las demandas de su pequeño grupo de admiradores. Fotografías para uno, autógrafos para otros y yo, que no quería ni una cosa ni la otra, recibí el justo premio a un brillante acto de improvisación: me acerqué, le dije en inglés que era una mujer maravillosa y le besé la mano, como había visto hacer a un montón de tipos en las películas. Me agradeció con una leve sonrisa y fue ahí, en el momento exacto en que sus ojos me miraron fugazmente cuando me dí cuenta que cualquier ser humano haría locuras por besar esos labios y enredarse en sus cabellos.
La escena duró instantes, pero me pareció eterna, y tan emocionante, como aquel lejano día en que conocí en el estadio de Atenas a Martin Karadagián y sus Titanes en el Ring.
Luego de saludarme, Julia se zambulló en la sala donde quinientos periodistas de todo el mundo la esperaban ansiosamente. Allí también estaba yo, pero era distinto, porque ya no estábamos solos, sino que debía compartirla con una gran cantidad de gente.
Nunca olvidaré a los colegas del New York Times, del Washintong Post, La Stampa, The Times, El País, Le Monde y otros diaruchos, comportándose como colegiales y haciéndole preguntas con la sola finalidad de que Julia los mirara por un instante y les hablara. Al menos yo fui más sincero, pero ellos, eran cómicos: levantaban la mano, formulaban la pregunta y mientras la hacían ya se habían olvidado lo que habían preguntado; los entiendo, difícil resistirse a tanto encanto.
Aquella noche volví a verla, pero esta vez con dificultad y abriéndome paso entre la multitud agolpaba en la puerta del cine. Y nuevamente algo desentonaba en el lugar: la ciudad era blanca y todas las personas parecíamos grises, pero entonces apareció ella, vestida de rojo hasta los pies, con una estola cayendo sobre sus hombros y repartiendo sonrisas a todo el mundo. Era aún más hermosa, era como una rosa en medio del barro, como escuchar a Vivaldi en el desierto, como el mar y el cielo cuando se junta en el horizonte.
El día que besé la mano de Julia Roberts era viernes y hacía tanto frío en Berlín, que se escarchaba hasta el aliento, y gracias a eso, durante varios días guardé en una botellita, cristales de nieve con el olor de su cuerpo.



Nikita existe
Esperaba el semáforo en verde para cruzar una de las calles cercanas a la estación de metro de Zoologischer Garten. La nieve, como siempre en esos días, caía suave y poéticamente. En la vereda de enfrente, enfundado en una modesta campera de color natural, con una gorra oscura y su bigote escarchado de frío, esperaba Nikita Mijalkov. Me quedé helado de la emoción. Abrió el semafóro y nos cruzamos en mitad de la calle. Anonadado me quede parado mirándolo, sin atinar a decirle nada, hasta que su alta figura se perdió en la muchedumbre. Reanudé mi marcha y vinieron a mi boca todas las cosas que hubiera querido decirle: le habría dado todas las gracias; gracias por hacer del cine el lugar más bello, gracias por enseñarle al mundo como se interpreta un Chéjov; gracias por aquella Esclava del amor que correteaba su pasión por la campiña; gracias por los días de Oblomov, gracias por la felicidad de La parentela; gracias por las penas y alegrías de aquellas lejanas Cinco tardes, gracias por ejecutar La pieza inconclusa para un piano mecánico; gracias por el Mastroianni de Ojos negros, gracias por el espacio inexpugnable señalado por la Urga y sobre todo, gracias por el profundo calor de Sol ardiente.
Hubiera querido decirle también que mientras viviera, el cine está a salvo; que es el único que nos redime de la tristeza inmensa de ya no tener a Truffaut y Fellini; pero no pude, o tal vez si lo hubiera hecho, quizás no me hubiese entendido: el no habla inglés y yo no hablo francés; el no sabe español y yo ni pío de ruso; nos quedaba el italiano, pero los semáforos son demasiado cortos para tantas explicaciones en poco tiempo.
No importa, quien me saca la emoción de haberme cruzado con Mijalkov, de haber comprobado que realmente existe, que un artista semejante, es en apariencia, un sujeto igual a todos los demás, aunque se sepa que no es así. ¿ Cómo qué porqué ? Vean su obra. Nadie permanece igual después de pasar por alguna de sus películas. Es como el amor. ¿ Quién vuelve a ser igual luego de conocerlo ?


Un gag improvisado
Salí de visitar el hermoso palacio de Charlotembourg y me cruzé hasta el museo egipcio, con la intención de ver la escultura de la cabeza de la reina Nefertiti. Cuando entraba, me choqué con un anciano que pugnaba por salir. Le pedí disculpas y él hizo lo propio conmigo. Fue en ese momento cuando casi me caigo de culo: era Jack Lemmon, el mismísimo Jack Lemmon, uno de los grandes actores de éste siglo, el más simpático de todos los comediantes del cine.
Lo encontré muy viejo, cualquiera podría haber apostado que era una de las momias egipcias del museo, pero era el gran Jack, carajo. No pude resistirme y le pedí que se hiciera una fotografía conmigo; era la única manera que alguien me creyera que alguna vez pude tropezarme en el umbral de una puerta con semejante sujeto, como si fuera el gag de alguna escena cómica.
Y así fue, una foto sacada por un turista japonés ( siempre hay uno a mano) da testimonio del encuentro de dos personas que tienen mucho en común, aunque usted no lo crea : Lemmon por haber interpretado decenas de maravillosas películas, y yo, por haberlas visto a todas.




Alexanderplatz
Nieva copiosamente sobre Berlín. Camino colgado de cada copo de nieve; me estremece la emoción del paisaje en ésta ciudad tan llena de historia, de guerra, de sangre, y de cultura. Aunque esté cambiando a ritmo vertiginoso - porque pronto albergará la capital del país - puede respirarse aún ese olor a pólvora y sufrimiento de décadas atrás.
Estoy en Alexanderplatz, el epicentro ciudadano en épocas del Berlín Oriental. Es un solar inmenso franqueado por un parque de fantasmagóricos pinos, catedrales y la estación del metro. Me detengo frente a las estatuas de Marx y Engels, que aún permanecen en el lugar, como testimonio de tiempos pasados. Me fotografío junto a ellos, les tiro nieve en sus rostros, los miro y remiro, y no dejo de pensar en mi país y Latinoamérica; en la ironía del destino, en las vueltas de la vida: hasta hace pocos años atrás murieron muchas personas por leer libros de estos sujetos, la mayoría de ellas ni siquiera podían explicar claramente un capítulo, una teoría de esos escritos.
Hombres y mujeres expulsados de sus trabajos, desterrados, asesinados, olvidados, desaparecidos y humillados por tener ideas distintas sobre el mundo - algunos ni eso tenían -.
Karl Marx y Engels. Vistos así me parecen tan anodinos como los lobos de Mar del Plata o el cucú de Carlos Paz. ¡ Que los parió, la locura de éste mundo ! En un lugar te matan, en otro te levantan un manolito, como decía Minguito.
Unos cuantos japoneses y un uruguayo - con un pin del Che Guevara en la solapa - también esperan su turno para sacarse la fotografía. Sonríen y vaya a saber que carajos pasa por sus cabezas. A un lado un niño levanta un muñeco de nieve, ignorando por completo que la belleza fugaz de su figura es mucho más armónica que esa mole de bronce moldeada por el pésimo gusto de algún escultor stalinista. Sin embargo debo reconocer que tienen un cierto encanto, no sabría explicarlo, pero esos dos viejitos escarchados de nieve en ésta gélida plaza, me despiertan ternura. Dan ganas de acercarles una taza de té caliente y decirles al oído que ellos no tienen la culpa de nada, pero hablaría mal de uno andar cuchicheando con las estatuas.
Permanezco un rato largo deambulando por el parque; me siento a ver como la nieve me cae sobre el rostro. Estoy solo en medio de una ciudad blanca y me imagino el final de una película: un tipo está parado en medio de un bosque, fumando un cigarro. La nieve cae copiosamente y él ofrece su rostro al cielo. Un niño se le acerca y le pregunta:
- ¿ qué haces ?
- estoy empezando a olvidar.
- ¿ y eso qué es ?
- algo que hacen los mayores, cuando no tienen más remedio que hacerlo.

Una ráfaga de viento surca el plano y se lleva la cámara en travelling hasta perderse entre los árboles.
Fundido a negro. FIN




Recuerdos
A medida que pasan los días, se apodera de mí una nostalgia dulzona y serena. Me vuelven recuerdos lejanos, de cosas y seres que, extrañamente, había guardado en algún apartado rincón de mi memoria. Dejo que se apoderen de mí en ésta fría tarde berlinesa, mientras la nieve cae incesamente, como si acabasen de crearla. Estoy sentado en un bar frente al viejo cementerio judío del barrio de Prenzlauer Berg. Me subyuga la visión de las lápidas cubiertas de un manto blanco; se me ocurren bellas. El tiempo parece haberse detenido, estoy como fuera del mundo, en paz con todo lo que me rodea. Me gustaría que saliese del fondo de las alcantarillas el bandonéon de Piazolla o la armónica de Toots Tielemans, para completar el cuadro, ya de por sí majestuoso. A falta de ellos, silbo un vals que suena a bolero. Una pareja se vuelve a mirarme; les regalo una sonrisa, pero parecen no necesitarla.
Cierro los ojos y algunas imágenes de mi infancia se me acercan: estoy en la cocina de mi abuela, puedo sentir el olor a tostadas quemadas y a mermelada de duraznos casera - que ella laboriosamente cocinaba y luego envasaba en frascos de vidrio para que duraran hasta el próximo invierno -.
Otra: es 9 de julio, lo sé porque era mi cumpleaños. Todos mis amigos iban al cine a ver King Kong, pero yo no podía porque en casa no había dinero. Y de repente mi madre lo inventó, fraguó de la nada una moneda de veinticinco centavos, con un sol enorme, y me la extendió para que pudiera ver a ese mono grandote que había aparecido en el Gran Rex. Ese día la amé como nunca.
Recuerdo a mi hermano Eduardo, recuperando con gran maestría, las figuritas que momentos antes había perdido a manos de mis amigos.
Me acuerdo de un verano en Mina Clavero, en el que confundía el sol con la sonrisa de una niña llamada Fernanda. Nunca más volví a verla, pero gracias a ella, supe que no hay nada más hermoso que arrancarle sonrisas a una mujer.
Me acuerdo de una cicatriz, que curiosamente, tiene que ver con mi primer recuerdo. Debo haber tenido cuatro o cinco años: jugaba en una siesta calurosa y repentinamente caí contra un catre y golpeé mi ceja contra una punta filosa. Lloré y creo que mi madre o mi tía Juana se acercaron a socorrerme.
Me gusta esa marca que llevo en la cara, es el principio de mi memoria.
También una salida al zoológico con mis padres, quizás la única vez que ocurrió algo así. En verdad lo único que recuerdo es el testimonio que quedó de eso: una vieja fotografía con sonrisas en blanco y negro.
Me acuerdo de la cara de Ricardo Balbín hablando por televisión durante las elecciones del 73. Algún tiempo después supe que todos tenían ojos para Perón, pero yo, en cambio, me acuerdo de ese otro viejito.
Me parece ver a Claudia, la hermosa vecinita que me dió el primer beso, no sin antes pedirme que me sacara la ortodoncia de la boca.
Puedo escuchar a los sauces bebiendo agua fresca en el río de Soto. Entonces yo creía que el verano solo existía en ese lugar.
Recuerdos...y más recuerdos. He gastado unas cuantas palabras para describirlos, pero pasaron y se fueron rápidamente. Recuerdos. Tengo tantos que ya no puedo controlarlos; vienen y hay que dejarlos que te atrapen, te zamarreen, te susurren , te envuelvan y finalmente te roben una lágrima, una sonrisa o un suspiro.





Querida abuela:
Si me vieras ahora es posible que no me reconozcas: tengo algunos kilos de menos, el pelo bien corto y aunque no lo creas, me he rasurado la barba. Finalmente reuní la valentía necesaria para deshacerme de ella. Te imaginarás lo difícil de la situación luego de diez años de llevarla a todos lados ; de acostarse y levantarse conmigo. Me siento un poco raro con la cara limpia, pero mirándome bien, hasta diría que parezco mas joven, casi otro. De todas maneras no te preocupes, sigo siendo el mismo de siempre.
Ahora mismo me gustaría estar en casa, junto a tí y tomarme unos mates mientras hablamos de naderías, pero comprenderás que debo resistirme aún a los arranques de nostalgia. No ha llegado todavía el tiempo de volver. Cuando por fin haya concluido con el objetivo de éste viaje, me sabré satisfecho y podré regresar con menos piedras en la mochila y más liviano de tantas penas.
Sabés que el invierno es tal como me lo habías contado: tan frío, tan solitario y tan distante de todas las cosas, pero al mismo tiempo de una inmensa belleza. Creo que no había apreciado ésta época tan tuya, hasta estos días en que la oscuridad se resiste a dormirse y en el que el sol es sólo una pálida sombra mortecina. Recuerdo como me hablabas cuando era pequeño de los fríos días en tu pueblito del Piemonte, y ahora puedo entender todo éste paisaje acumulado en tus relatos y tus recuerdos.
En parte siento que veo con tus ojos, respiro con tu aliento y camino con tus pasos por esta solitaria campiña nevada. Me emociona saber que por las callecitas de éste pueblo, corrieron tus piernas de niña frágil y tus sueños románticos de adolescente. Trato de imaginarte bajo éste cielo gris, bajo esta tenue nevizna, en éste lugar sin tiempo, y me pregunto qué hubiera sido de tu vida aquí, lejos de casa, en tu tierra, con el hombre que amabas, sin haber llegado jamás a conocer la Argentina; sin haber sufrido aquel destierro obligado. ¿ Habrías acaso sido más feliz ? De todas maneras, de haber sido así, no estaría aquí para preguntármelo. ¿ Verdad ?
Supongo que a esta altura de la carta ya estarás moqueando con mis sensiblerías. Si es así trata de sobreponerte porque no es esa mi intención, todo lo contrario. Te diré que he estado ya en tu viejo pueblo, que aunque pequeño, ha cambiado con el tiempo. Luego de una breve investigación he dado finalmente con los familiares de Vittorio. El próximo domingo los visitaré y luego llevaré flores a su tumba. No te preocupes por nada y trata de estar tranquila. Se encuentre donde se encuentre, él está en paz contigo.
Cuídate de los resfriados y del sol. Pronto volveré a escribirte y posiblemente te llame, aunque entre tu sordera y mi poco afecto a los teléfonos, la comunicación sería desastrosa.
Envíale un gran abrazo a mis hermanos. Prometo que no tardaré en volver.

Te quiere Federico - tu nieto del alma -







Francesca
Tenía veinte años, cuando mi abuela abandonó Italia junto a sus padres y hermanos. Fue en el año 1926, años de días difíciles y convulsionados, que fueron el inicio de años aún más difíciles y crueles para ése país y toda Europa.
Había nacido en octubre de 1906 en una pequeña aldea cercana a Alesandria - en el corazón del Piemonte- en el seno de una armoniosa familia de campesinos. De nombre Francesca, fue primero su belleza y luego su afable manera de comportarse con la gente, lo que le granjeó amistades y pretendientes.
Se podía decir que hasta la fecha de su partida, la felicidad había sido la característica en su vida. Sin embargo, aquel verano, la intempestiva huída de su padre a la Argentina, la sumió en una angustia que no la abandonaría jamás, a pesar de los años, los hijos y los nietos que vinieron.
Doménico, su padre, un fortachón agricultor y socialista de cuna, tuvo que elegir entre su militancia contra el régimen del Duce o preservar a su familia de los peligros que pronto habrían de caer sobre los simpatizantes antifascistas. Los problemas políticos y la miseria que ya campeaba sobre toda Italia como un preludio de lo que vendría, convencieron a mi bisabuelo de optar por el destierro. En esa época solo se podía ir a dos paraísos: a Estados Unidos o Argentina. Domenico no lo pensó dos veces, llenó sus maletas de recuerdos y compró billetes para esa pampa de sueños y maravillas, tan lejana, pero acaso más segura.
Zarparon un tarde agosto desde Génova y luego de una larga travesía desembarcaron en Buenos Aires. Todavía mi abuela recuerda el asombro de su familia cuando divisó el puerto de aquella ciudad inmensa, envuelta en un sol resplandeciente y en el azul límpido del cielo.
Atrás habían quedado veinte años de su vida: sus lugares, la campiña, sus amigos…su tierra. Habrían de echar en falta todo eso, pero a diferencia de sus padres, que aún lejos estaban juntos, nada ni nadie podría reparar la enorme pérdida de dejar a Vittorio, su Vittorio, justo en el momento en que se amaban apasionadamente, en el que soñaban con casarse, tener hijos y ser felices construyendo un futuro.
Jamás podría la vida devolverle la alegría de aquella persona, arrebatada, borrada por esa drástica decisión de huir a otro país. Lloró con todas sus fuerzas, rogó e imploró a su padre para que la dejara junto a Vittorio, pero Doménico jamás habría de dejar a su niña en medio del inicio del infierno, aunque su hija lo odiara por el resto de su vida.
El amor es fuerte ahora y lo comprendo - le dijo - pero el tiempo pasará, y cuando eso ocurra, agradecerás de estar viva lejos de éste país de asesinos y ladrones.
Mi abuela recordaba esas palabras una por una y hasta la entonación exacta de las inflexiones de su padre, y si bien siempre agradeció estar viva, lejos de la guerra y la muerte, jamás olvido a Vittorio y siempre lo siguió queriendo, aunque nunca más volvió a verlo.
El recuerdo de aquel primer amor la acompañó por siempre, aún cuando tuvo espacio en su corazón para corresponder al amor de Ramón, mi abuelo, un inmigrante gallego que se casó con ella el mismo día en que los militaron derrocaron a Irigoyen
.- He querido a tu abuelo hasta el día en que murió -me dijo - Le fuí fiel y obediente; fuí buena esposa y compañera, pero jamás, jamás volví a sentir aquel fuego abrasador en mi cuerpo, aquella pasión y alegría que me producía la presencia de Vittorio. Jamás lo olvidé y aún a pesar de mi esposo, de mis hijos y de los años que pasaron, siempre soñé que el destino volvía a juntarnos, volvía a unirnos en la misma esquina que nos despedimos. Siempre lo esperé, dios me perdone por eso, pero nunca amé a nadie como a él.



Encuentro con Vittorio
Fue en el almacén de don Luigi Scopello donde mi abuela escuchó hablar de Vittorio por primera vez: dos jovencitas cuchicheaban sobre su belleza, sobre la fortaleza de sus brazos, sobre sus ojos de mar embravecido y otras cosas que llamaron su atención. Entonces, era una dulce y hermosa campesina de cabellos castaños y ojos pardos por la cual suspiraban varios mozos del lugar, y al igual que otras tantas jóvenes, aún no había sido rozada por los aleteos del amor. Por eso sintió una sensación extraña en su cuerpo aquella tarde en el almacén. Nunca habría de olvidar el entusiasta relato de las jóvenes, porque allí mismo, sin saber cómo ni porqué, una llamita de deseo y curiosidad se encendió en su corazón y solo se apagó - en parte - el día en que los ojos de mar embravecido de Vittorio se estrellaron en el remanso de su mirada. Como un presentimiento, Francesca supo, quizás sin saberlo, que aquel hombre habría de conducirla por senderos nunca transitados, por sonidos no escuchados y por cielos nunca vistos.
Una tarde, una de esas tristes y solitarias tardes posteriores al fallecimiento de mi abuelo Ramón, ella me contó su lejana historia de amor. Recuerdo que estábamos en el jardín disfrutando del otoño de abril, cuando le pregunté si el abuelo había sido el único hombre de su vida. Para mi sorpresa, me habló de Vittorio con un fervor y cariño como pocas veces había escuchado en mi vida.
- quise mucho a tu abuelo - me dijo con la serena quietud de los ancianos que han transitado largos caminos - pero no hubiera ido hasta el fin del mundo por él. En cambio por Vittorio…por Vittorio hubiera caminado sobre el fuego y las espinas, pero no me dejaron. Amé a alguien profundamente, pero no de la forma que me hubiera gustado, no es bueno querer así, incompletamente, de una forma inacabada. Siempre hay algo que te faltará, algo que no tendrás y algo que no podrás encontrar en ninguna otra persona.

- Había oído hablar a las hijas de don Carmelo sobre un tal Vittorio; contaban cosas realmente fascinantes sobre él, como si en lugar de un campesino fuera un actor de cine o algo así; pero fue cuando dijeron lo de ojos de mar embravecido, cuando mi atención fue más fuerte. ¿Cómo serían unos ojos de mar embravecido ? pensé. Me parecía una tontería semejante descripción, pero reconozco que el relato de esos ojos me turbaron de una manera impresionante. Al día siguiente me las arreglé para pasar por la campiña de la familia de Vittorio. Fuí con una mis hermanas, con la excusa de llevar unos pasteles al cura de la parroquia. Al principio creí distinguirlo de lejos - siempre por la descripción de las jóvenes - pero al acercarme pude dar fe de todo cuanto había oído. ! Díos mío ! me parece que fue ayer cuando pasó todo eso. Me quedé petrificada al verlo: era tan hermoso, pero hermoso en el sentido literal de la palabra; y creéme Federico que pocas cosas son tan conmovedoras como la perfección de la belleza. Y debo reconocer que nada me atrajo tanto como sus ojos; eran mágicos. Nunca los hubiera comparado como un mar embravecido, pero quien lo hizo, acertó en parte. Fue en ese momento en el que supe que amaría a ese hombre por el resto de mi vida, y no podía explicar esa sensación, porque nunca me había pasado antes, pero la sentía dentro de mi cuerpo, corriendo por mis venas, explotando en mis oídos. Y no me equivoqué: al poco tiempo estuvimos juntos y nos amamos locamente; y aún hoy, cuando repito su nombre en voz alta, me viene a la memoria todas las veces que gritaba su nombre en la inmensidad de la campiña y el eco me lo devolvía como una música majestuosa. Aún hoy lo recuerdo y me tiemblan las rodillas como una colegiala. Fue tan linda esa época. Lo amaba con todas mis fuerzas y él me correspondía. Que más podía pedirse.
La noche llegó tibia y plácida; los últimos rojos de la tarde se marcharon con el relato de mi abuela. Sabía que jamás volveríamos a hablar de algo así, de manera que disfruté cada inflexión de su voz, cada silencio, todas sus lágrimas. Aquella noche me dormí con su imagen enredada entre girasoles y nubes, entre los brazos de Vittorio y el cielo azul de Alessandria. Aquella noche me dormí atesorando un recuerdo que habría de acompañarme por siempre.
- El amor - concluyó mi abuela Francesca - yo lo conocí, es hermoso, realmente hermoso.






La noche es un laberinto en Venecia
“Sus pasos…puedo distinguir sus pasos en medio de la noche, aún entre cientos de pasos. Los suyos tienen un sonido distinto, porque vienen hacia mí, a rescatarme de esta noche eterna en la que estoy sumergido”.


“Perderme entre las sombras de esa ciudad era como adentrarme en un sueño majestuoso. El silencio y el agua se fundían en el aire, y en cada oleaje esperaba que surgiera un pedazo de historia, una página escrita de algún amor inacabado”.


“El canto de un gondolero enamorado no se compara a ningún otro canto. Hay que adentrarse en la noche para escucharlo, agazapado en los muelles o escondido bajo los puentes. Es una ceremonia solitaria; la secreta confesión de un hombre con las olas y su barca”.


‘’Una noche me dejé llevar por una sombra. Le seguí los pasos, pero no podía alcanzarla. Atravesaba los puentes raudamente, doblaba las esquinas y frenéticamente caminaba las veredas, por las laberínticas calles de la ciudad. Esa sombra no era de ése tiempo, podía sentirlo. Era como un fantasma errante, como un murmullo, como un recuerdo. Gracias a esa sombra deambulé horas y horas por una de las noches más maravillosas de mi vida.
Recuerdo haber comentado al gerente del hotel sobre aquel episodio, y grande fue mi sorpresa cuando en lugar de asombrarse, me explicó que era Giaccomo Cassanova, quien puntualmente aparecía por la ciudad en las vísperas del carnaval.
- Giaccomo tiene nostalgia, por eso vuelve … capishe – me dijo el hombre con una total naturalidad. Yo entendí, claro, como no comprender que alguien pudiera sentir nostalgia por un lugar así”.

“Curiosamente el Puente de los Suspiros poco tiene de romántico. Por allí pasaban los condenados a muerte que estaban presos en las celdas del Palacio del Dux. Cuando atravesaban ese puentecillo y volvían la vista sobre el Gran CanaL, un suspiro profundo profundo les brotaba del alma: era el sonido de la despedida, del adiós. Aún es posible escuchar ese eco jugueteando con la brisa, surcando las aguas”.


“Tengo la sensación de que jamás una ciudad podrá emocionarme tanto, a excepción de que vuelva a visitarla aferrado a la mano de alguien. Venecia es demasiado hermosa para uno solo; hay que compartirla, hay que tener a alguien a nuestro lado para ayudar con tantas maravillas”.




Una noche bien romana
Es una de esas noches de luna llena . De esas lunas llenas en las que a uno le parece que cualquier cosa puede ocurrir; en las que es posible imaginarse al amor de tu vida doblando por la esquina. Es una de esas noches en que se pueden murmurar mentiras al oído sin avergonzarse; en que puede verse la pasión gotear por callejones y edificios; en las que se pueden pensar utopías, creerse promesas y olvidarse del olvido.
Es una magnífica noche de luna llena y estoy caminando por Roma acompañado de una mujer. Karina se llama y nos conocimos en el último tren que salió desde Venecia. Compartimos camarote, comida, algunas anécdotas y antes de llegar a Roma Termini, ya habíamos comprobado las respectivas temperaturas de nuestros cuerpos , durmiendo abrazados como si hiciéramos años de conocernos - algo que sin duda ocurre solo en los viajes por tren -.
Camino con Karina y nos reímos de tonterías, hacemos comentarios intrascendentes y de tanto en tanto, nos detemos para contar alguna estrella. Estamos felices, y se nos nota. Cerca de Piazza Navona, encontramos una boca della veritá y no resistimos la tentación de averiguar sobre nuestro futuro. Puse mi mano y el destino fue benévolo conmigo. Me dijo que tendré mucha salud, viviré muchos años, que no me faltaran amores, pero que nunca seré rico. No está tan mal, después de todo. A Karina le fue tan bien como a mí, pero ella tuvo más suerte con el dinero. Después de algunas negociaciones, prometió asistirme con algunas liras cuando las predicciones se cumpliesen.
Vagabundeamos un largo rato y camino a nuestro hotel, tropezamos con una discoteca llamada Alien . Entramos de colados, no gracias a mí, sino a la simpatía de Karina. Nunca olvidaré aquél lugar: a su lado, Sodoma y Gomorra parecerían el patio de las Carmelitas Descalzas en una siesta de verano.
Nos entregamos sin reserva al frénesi del baile y la bebida. Por momentos logramos perder la sensación del tiempo y del espacio. Sobre una pasarela bailaban algunos modelos desnudos y numerosas parejas se besaban, se devoraban y cogían en los rincones más alejados. Hombres y mujeres de todos los colores se mezclaban en una extraña amalgama de sonidos y aromas. Era fantástico, sublime postal de una noche de movida, de esos espacios urbanos donde la gente acude a buscarse y a amarse desesperadamente.
Cuando dejamos Alien, estaba amaneciendo. No sabíamos donde estábamos, pero el instinto nos fue llevando, primero por una ancha avenida, luego por algunas callejuelas, después una plaza, el hotel, el ascensor, la habitación, y finalmente la cama, donde nos mudamos de piel, intercambiamos corazones y nos llenamos de besos hasta que el sol entró por la ventana. Entonces, recién, nos dormimos.



No te fíes de los deseos
La Fontana di Trevi no es solamente una de las fuentes más bellas y famosas, sino la depositaria de todos los deseos amorosos del mundo. Es encantadora, pero nunca hay que fiarse demasiado de ella.
Para conocerla bien, hay que ir de día, cuando los peregrinos tiran monedas, se fotografían abrazados, sonriendo, y se quedan extasiados mirando las figuras de Neptuno y los dos tritones.
Para emocionarse, hay que ir de madrugada, y sentarse en el mismo lugar que lo hizo Mastroianni en La dolce Vitta: debe uno quedarse quieto un rato, mirando fijamente el agua y al cabo de unos minutos escuchará un rumor lejano que dice “ Marcello, come here” . Entonces se apoderaran de usted unas ganas locas de sumergirse en la fuente para buscar el origen de ese canto de sirenas, pero deberá abstenerse; algunos romanos aconsejan no hacerlo. Ellos dicen que los jóvenes carabinieris no saben nada de esas cosas, que jamás entenderían si se les habla de una película de Fellini y que lo más probable es que la noche concluya en el calabozo.
Como todo el mundo me rendí a su encanto y le pedí un deseo: me puse de espaldas, pedí que ella me quiera como yo la quiero y lancé un puñado de rublos, pesos y liras. No sirvió de nada. Al poco tiempo me enteré que ella no solamente ya no me querría como yo la quiero, sino que se había casado y estaba esperando un hijo.
Recordando aquel día en La Fontana di Trevi, me consolé pensando en que mis desdicha eran cosas del querer, o que quizás, en medio de tantos deseos, el mío hubiera ido a parar a otro destino; tal vez a alguien que no lo necesitaba o que hubiera pedido lo contrario. ¿Quién sabe ?
Que lindo si se pudiera uno zambullir en las aguas de la Fontana y elegir el deseo que más le guste. En una mano llevarse besos, en la otra, suspiros de mujeres hermosas, y pegados en el cuerpo, caracolillos de amor eterno. Pero ya se sabe, en las aguas de Neptuno, no hay lugar para marineros



Nápoles o la belleza del caos
Cuando uno pone un pie en tierra ya sabe si amará a esa ciudad o la detestará inmediatamente: por supuesto que la amé desde el primer momento en que la ví, desde el primer olor que aspiré, desde el primer ruido que escuché.
Napolés no es una ciudad cualquiera, casi podría decirse que no es una ciudad. Napolés, en todo caso, es la quintaesencia del caos, del caos más organizado que pueda conocerse en occidente.
Me bastaron unas pocas horas para darme cuenta a quien nos parecíamos los argentinos, para reconocer el origen de nuestras gracias y desgracias. Apenas estuve una semana en aquel lugar, pero a riesgo de ser considerado un loco, confieso que me gustaría vivir un tiempo allí.
Napolés no es para cualquiera. Es más, compartí el viaje desde Roma con una mexicana del Distrito Federal, que huyó despavorida a los dos días, argumentando al menos veinte, razones para no quedarse ni un minuto más en esa ciudad delirante.
Yo, en cambio, poseía el antivirus de vivir en Argentina y eso me permitió soportar el primer impacto ambiental: los ruidos. Porque allí no hay sonidos, hay ruidos: los más bellos y estruendosos ruidos del Mediterráneo. Si uno logra adaptarse a ellos, entonces podrá penetrar en un reino fantástico, absolutamente bello, con la gente más alegre y enloquecida que pueda verse en el mundo, quizás junto a la de Nueva York.
Es posible que alguno de ustedes crean que exagero, pero que me dicen de una ciudad rodeada por dos bahías ( a cual más bella), con el Vesubio al fondo, Pompeya y Herculano a minutos de Metro, con la isla de Capri al frente, con varios funiculares que te llevan hasta las puertas del cielo, con calles laberínticas que forman un complejo entramado urbano, con barrios que asustarían a los más salvajes pandilleros del Bronx, con la comida más exquisita de Italia, con fondas de morondanga donde cantan sujetos que podrían humillar a los tres Tenores juntos, con miles de motorinis escapando de la ley como en una película de cowboys, con todos los automóviles chocados o destrozados, con las mujeres más bellas y sensuales, con San Genaro y su ritual sanguíneo, con la sonrisa de Maradona en todas las paredes, como el recuerdo lejano de tiempos felices, y con un clima que raramente baja de los diez grados en pleno invierno.
Todo eso y mucho más tiene esa metrópoli casi oriental, enclavada en ese sur tan sufrido como denostado por el norte industrial y “civilizado’’.
Me faltó tiempo para recorrer la ciudad de Sofía Loren y de Vittorio de Sica; me faltó tiempo para desentrañar como una ciudad puede trasladarse ignorando el rojo del semáforo; me faltó tiempo para saborear los colores que toma el Mediterráneo en esas latitudes, tiempo para adentrarme en sus calles, para conocer su gente, me faltó tiempo para encontrar unos ojos profundamente morenos que me encandilaron en la Piazza del Duomo y se esfumaron con el rayo verde, el último rayo del crepúsculo. Me faltó tiempo para vivir ese lugar, pero los viajes a veces son así: uno no puede quedarse en todos aquellos lugares que le maravillen, a menos que se tenga la chequera de Bill Gates o que se ande yirando por allí y buscando excusas para no volver a casa, como Ulises.
Sin embargo algo me dice que volveré allí, algo me dice que alguna vez me montaré en una de esas pequeñas motonetas y cruzaré las calles y los cielos, esquivaré automóviles y policías, gritaré a los cuatro vientos y subiré a la colina más alta para divisar el punto exacto en que el Mar Adriático se confunde con el cielo.




SERENA
Si tuviera que recordarla ahora, me gustaría aquella primera imagen, apareciendo de repente, con su inmensa belleza desequilibrando el orden de las cosas.
Así me gustaría evocarla, ahora que el olvido ya hizo su trabajo, y de aquellos felices años solo quedaron cenizas esparcidas en el viento.
Ha pasado el tiempo desde entonces, sin embargo, aún soy un número incontable de noches en vela que la recuerda. Quizás por eso estas palabras, para contarme a mí mismo aquella historia; la historia del amor entrañable que me unió a esa mujer y la tristeza profunda de su partida.
Lo empiezo escribiendo ahora, como una forma de expulsar fantasmas, en Madrid, mientras miro como el Parque del Retiro se va tiñendo de atardeceres y primaveras.




El primer día
{Lo primero que divisé fue un punto en la inmensidad de la playa. Tan solo un punto que avanzaba bajo el sol abrasador. ¿ Porqué fijé mis vista en ese punto, en medio de tantas figuras en la arena ? No lo sabía.
Pero allí estaba, contemplando ese suave movimiento que luego fue una silueta.
¿ Cómo imaginar en ese preciso instante, qué esa mancha, ése movimiento ondulante y delicioso, casi sin forma, podría llegar a inundar mi vida de maravillas ?
Imposible saberlo. Ni siquiera cuando la silueta dejo paso a un esbelto cuerpo de mujer moviéndose en una precisa sinfonía con las olas, pude darme cuenta. Recién cuando esa mujer se acercó a mí y me habló, supe entonces que nada volvería a ser como antes.
Nunca olvidaré la forma en que Serena entró en mi vida. De una manera tan graciosa y absurda, que aún con los años logra arrancarme una sonrisa: se acercó lentamente, me miró con sus grandes ojos azules y me contó el final del libro que tenía entre las manos. No podía creerlo; había devorado con entusiasmo El nombre de la rosa hasta la página doscientos y de repente ella, con su ocurrencia, derrumbó la tensión de la trama. De no haber sido por la deliciosa forma de sus labios, de su voz melodiosa y de su inmensa sonrisa, la habría puteado; sin embargo le sonreí y le pregunté porqué había hecho tal cosa.
- para ahorrarte tiempo - me contestó . no creo que tengas ganas de leer en los próximos días.
Sorprendido le contesté que era difícil que eso ocurriera porque disfrutaba con los libros. Volvió a sonreírme y disparó una frase que sonó a sentencia: - es solo una intuición.
Luego siguió su camino tal como había llegado. Fue todo tan rápido que se me ocurrió un espejismo o la broma de alguien, pero estaba claro que ambas posibilidades no eran ciertas.
Busqué con la mirada el mar y deseé atesorar para siempre ese azul en mi memoria. Guardé el libro de Umberto Ecco en la mochila y me dispuse a esperar el atardecer. Ya no podía concentrarme en la lectura.



La primera noche
La noche era inusualmente hermosa. Toda la isla era una luna plateada y el restaurante del hotel, un oasis en medio dela colina. Se podía divisar la bahía cubierta de una luz tenue y como un murmullo, se oía a lo lejos el rompiente de las olas.
Una veintena de personas ocupaban las mesas del lugar. En vano la busqué, no estaba allí, aunque en algún momento me asaltó el presentimiento de que estaría esperándome para cenar. Me burlé de mis corazonadas y me ubiqué en el sitio de costumbre. Pedí un tinto español y unos morrones como platillo de entrada. Y allí estaba yo, mirando la noche, saboreando el vino y disfrutando como pocas ocasiones en mi vida. Solo en medio de ese paraíso. Sin recuerdos, sin pensamientos importantes, casi con la mente en blanco, sumido en el placer inmenso que a veces las circunstancias les deparan a los solitarios.
- ¿ Puedo sentarme caballero ? Exactamente esas fueron las palabras que escuché. Alcé la vista y allí estaba frente a mí, como una aparición. Llevaba el pelo suelto y su cuerpo bronceado contrastaba notablemente con el vestido de lino que llevaba puesto. Asentí nerviosamente y en ese momento sentí verguenza y piedad por el resto de los mortales del lugar: nadie más que yo compartiría la mesa con es extraña y apasionante mujer.
Nunca olvidaré aquella cena. No solo por la abundante comida y bebida de la que dimos cuenta, sino por la perfección del momento, la belleza de la escena, la felicidad que embargaba al haber descubierto algo desconocido y atrapante.
La noche nos acompañó luego hasta mi dormitorio y allí descubrí que todas las bocas que había besado, todos los abrazos que había dado y todas las pieles que había tocado no se asemejaban en nada a Serena. Esa noche me reveló el origen de la pasión y el sexo, y yo caí, inexorablemente rendido a su secreto.
Dormí por horas abrazado a su cuerpo, y recuerdo que de tanto en tanto me despertaba para cerciorarme que todo era cierto y no el glamoroso sueño de una noche de verano. Y bien cierto era porque ella dormía profundamente sobre mi pecho. Mirándola pensé, que si acaso los ángeles existieran y durmieran, deberían parecerse a ella.


Razones y certidumbres
Ciertamente Serena tuvo razón cuando apareció aquella tarde en la playa. En los días siguientes abandoné completamente la lectura. No hubo más tiempo que para amarnos; desesperada y románticamente. Con un salvajismo tan sutil, tan en armonía con el lugar y el clima, que me llenada de un júbilo desconocido, de una comezón interna solamente justificable por la poderosa atracción que ella ejercía sobre mí.
La emoción física que me transmitía su presencia, su olor, su sonrisa y su forma de hablar me inquietaban y me sumían en una gran tranquilidad al mismo tiempo.
Y fue allí, en medio de eso parecido a la felicidad, que tuve algunas certidumbres: que amaría a esa mujer apasionadamente, que disfrutaría cada minuto de su presencia y que soportaría con entereza, la inmensa angustia de su partida. Porque nada que apareciera tan mágicamente como ella lo hizo, podía durar para siempre.
Esas semanas se desvanecieron como un suspiro. Todo había sido tan vertiginoso, tan perfecto, que jamás imaginé que las vacaciones pudieran terminarse y con ellas ese sueño tan parecido a la realidad. Pero concluyeron y cada uno debía regresar por caminos distintos: no vivíamos en la misma ciudad, ni siquiera cerca, pero ambos intuimos que esa historia no sabría de más distancias que nuestros deseos.
- No me importas donde vivas y a quien ames, voy a esperarte amor, voy a esperarte - me dijo Serena con cierto desconsuelo antes de volver sobre sus pies y perderse en la manga del avión.
Nunca un aeropuerto me había parecido tan triste y solitario. Me senté en un sillón y sentí una desolación tan grande que lloré como un niño perdido en la calle; y quizás, sin saberlo, eso simplemente era.
El verano tocaba a su fin, mis vacaciones y el festival de cine que me había llevado a Salvador de Bahía también. Debía regresar a mi casa, con mi mujer, con mis libros, con mis plantas...con mi vida.



Volver
El viaje de regreso a casa fue casi un tormento. El olor de Serena en mi cuerpo me recordaba su ausencia y me llenaba de un miedo atroz. ¿ Cómo podía haberme enamorado de esa forma tan tempestuosa...tan salvaje ? ¿ Era acaso yo el qué sentía todo eso ?
Los pensamientos se me agolpaban y solo quería volver a la playa, al mar, a esas noches de luna y gozo, en otro tiempo, en otro lugar, lejos del presente incierto en el que estaba.
Horas después, cuando el taxi me dejó en la puerta de casa, pude darme cuenta que ya no era el mismo de semanas atrás. Y no me parecía el jardín, el mismo; ni las plantas, ni tampoco el orgullo de contemplar mi casa lo era. Me parecía que regresaba luego de muchos años, como si fuera incapaz de reconocer la vida que vivía en ese lugar.
Era otro cuando regresé: era un extraño buscando explicaciones; un delirante enamorado a punto de convertir en tierra yerma las paredes de su propio hogar.


Huir hacia adelante
Aquella noche fui infiel por primera vez con mi mujer. Haciendo el amor con ella, sentí que ya no le pertenecía, que mi sangre y mi alma eran de Serena. Y en los ojos de Lucía, me vi a mismo en otra habitación y en otros brazos.
A los pocos días de andar como un vagabundo errante, decidí ver a Serena nuevamente. Inventé una excusa que solamente yo podría haberle otorgar veracidad y partí a su encuentro. Sentí la mentira en carne propia, pero la ansiedad de ir en busca de una mujer casi desconocida, al encuentro de una pasión apabullante eran más fuertes que todos mis miedos. Como un malabarista sin red, me lancé al vacío, sin importarme nada, con la irracionalidad de un enamorado en busca de su amante.
Mientras la ruta era un dibujo fugaz junto al colectivo, me asaltó la duda de estar enredado en una ficción, en una locura torpe e insensata, y varias fueron las veces que sopesé el riesgo de dejar todo lo que era y poseía, por ella. Algunas horas después, cuando Serena no era el recuerdo de aquellos dorados días en el mar, sino una presencia concreta y armoniosa, supe que las dudas no eran nada ante ella. Entre sus brazos y enredado en su pelo, comprendí que bien podría jugarse toda una vida por un día con esa mujer.
Cuando regresé nuevamente a casa, sabía que lo hacía para dejar a Lucía y marcharme. Volvía para hacer daño a quien tanto quería, pero no tenía salida: la plácida felicidad que hasta entonces conocía o volar con Serena hacia un lugar maravilloso y totalmente desconocido.
¿Cómo pude dejar de querer a alguien de quien estuve profundamente enamorado ?
¿ A alguien tan bello y humano que supo despejarme el sueño en noches inciertas ? ¿ A una mujer por la cual tuve los pensamientos más dulces y también los más obscenos ? ¿ Cómo hice para borrar de un plumazo mi vida con Lucía ? No podía explicármelo, y lo más extraño aún, era que no me interesaba hacerlo. Entonces nada sabía del desamor: pasé del amor de Lucía al amor hacia Serena. No hubo interrupciones en mis deseos, en mis sentimientos; no tuve baches ni abismos. Recién cuando Serena se marchó, comprendí la terrible y amarga sensación del abandono: ese lugar baldío habitado por ausencias, por una vacuidad ruidosa que se estrella en las paredes, en las sábanas y en las tazas de café. Entonces no sabía nada del desamor, por eso me marché de la forma en que lo hice: sin grandes explicaciones, con una maleta y muchas dudas. Como los fugitivos de las películas, que huyen en medio de la noche, sin saber porqué, pero con la presunción de que el guionista los rescatará al final de la trama.
Nunca olvidaré a Lucía en aquellos días. Tan abatida como un árbol en la tormenta. Tan sola y desamparada, quizás como estaba yo, pero con la diferencia de que yo partía con dolor, pero hacia un prado verde y bullicioso, hacia un valle repleto de ecos, hacia una calle sin señales ni carteles que me conducían a los abrazos de otra mujer.
Si amar a alguien era huir desesperadamente a su encuentro, mi corazón era el amor mismo. Si por el contrario, todo era una locura, lo mío ya no tenía remedio.



Composición de lugar
¿Cómo describir a Serena ? No resulta tarea fácil, aunque lo parezca, porque ella era el resumen de numerosas cosas, no ya humanas, sino físicas y naturales. De todas maneras intentaré una somera descripción: volaba como las mujeres que amaba Girondo; tenía la belleza de las musas de Truffaut y el encanto de un cuadro de Miró. Era de éste siglo, pero podía haber habitado en cualquier otro, porque en su figura y su espíritu, podían contemplarse la belleza de los tiempos. Físicamente era rubia, de ojos profundamente azules, una boca carnosa y tentadora, piel suave, piernas finas y elegantes y una mirada peligrosamente misteriosa. Pero aunque parezca curioso, no radicaba en esos detalles su poderoso atractivo - aunque ya bastasen - sino en su sonrisa: cuando estallaba se producía el milagro. Entonces Serena se asemejaba a un atardecer, a la lluvia, al otoño; alcanzaba la dimensión de la naturaleza. Y ya se sabe, nada es menos cuestionable que las manifestaciones naturales. Por eso no había preguntas con ella, ni suspicacias, ni sugerencias. Simplemente se la amaba sin pedirle nada a cambio, porque no hacía falta.


Viajar hacia el deseo
El vértigo me puso en medio de un torbellino. Había decidido dejarme arrastrar por ese camino y me sorprendía de no cargar con rastro alguno de arrepentimiento. La sensación de comprender la furiosa pasión hacia Serena , de darme perfecta cuenta de lo que me ocurría, me eximía de la culpabilidad que ciertamente me acechaba por dejar a Lucía y a una vida plena de momentos felices.
Abandonado a la empresa de amar a Serena, comencé con mis viajes regulares a Buenos Aires, una ciudad tan bella como monstruosa, tan grande para los provincianos y tan sola para los solitarios.
Viajar hacia un lugar por razones de negocios, turismo u ocio, no resiste la menor comparación que hacerlo en busca de alguien. Viajar hacia una ciudad desconocida y saber que allí alguien nos espera, es comparable a la emoción de un aventurero frente a la búsqueda del tesoro. Así me sentía: grande como un explorador, como un astronauta en la luna, como el escalador que mira hacia abajo la pequeñez de la tierra. La única diferencia es que conocía el lugar del tesoro y no necesitaba mapas para llegar hasta él.
Fue así como frecuenté estaciones de trenes, de autobuses y aeropuertos, y pronto descubrí a quienes desandaban sus vidas detrás de un volante, de un mostrador, de una oficina. Aprendí - como el turista accidental - a armar bolsos y valijas con gran ductilidad, y la gimnasia me llevó al poco tiempo a calcular la cantidad exacta de medias, calzoncillos, camisas y pantalones que debía llevar, como así también la medida exacta de libros que podía leer.
Los viajes nunca fueron rutina, porque estaban guiados por la ansiedad de la ausencia y el deseo del encuentro, sin embargo tenían su ritual: partir de noche, dormir si se podía, arribar a la estación o al aeropuerto y tomar un taxi; llegar al departamento de Serena en el barrio de San Telmo, tocar el portero eléctrico, escuchar su voz somnolienta, subir por el ascensor los siete pisos que me separaban de la planta baja, entrar sigilosamente, desnudarme y zambullirme en su cama, entre las sábanas y su piel, un lugar que no parecía del mundo real, tan alejado de los ruidos de la calle, de los nombres, de las fechas, de los olores y sonidos que me poblaban. Y así nos amábamos, como dos seres que se inventan a sí mismos, moldeándose con los besos y el aliento, sin preguntas ni respuestas, porque no existían más palabras que aquel sonido de nuestros cuerpos...una especie de música melodiosa que para mí, siempre será el sonido del amor.


Flashes
Fueron esos dos años que estuve con Serena, algunos de los más felices de mi vida. Viviendo al día, devorando como fieras salvajes la pasión que fluía de nuestros cuerpos.
Nos divertíamos. ¡ Dios sabe cuánto nos divertíamos ! Nos amábamos, nos extrañábamos, nos mirábamos largamente hasta que descifrábamos cada porción de nuestras miradas. Nos escribíamos cartas: largas, cursis, amorosas. Nos hablábamos largamente por teléfono y dejábamos melosas frases de amor en las cintas de los contestadores. Nos enojábamos poco. Lo imprescindible para convertir la reconciliación en una fiesta. Nos gustaba ver películas en el cine tomados de la mano, comer a la luz de las velas y leernos novelas en voz alta. Nos gustaba vernos reflejados en los vidrios y los espejos porque nos veíamos alegres y felices. Y tanto nos gustábamos de vernos felices, que un día Serena vino a mi casa y se quedó a vivir en la otra punta de la almohada. Se olvidó de la suya en Buenos Aires y hasta cambió Buenos Aires por mi pequeña ciudad. Y fue nuestra casa una humilde morada de armonía, rosas y perdices, hasta que un día, quién sabe cómo y porqué a alguno de los dos se nos olvidó que nos queríamos tanto.
Fue entonces cuando apareció eso, que luego supe, le llamaban olvido.


Olvidos
En algún momento de la historia me olvidé de aquellas certezas que me asaltaron cuando dormí por primera vez con Serena. O quizás, inconcientemente, cuando los días fueron semanas y luego meses, llegué a pensar que nunca se iría; sin duda era lo que deseaba, lo que necesitaba para seguir manteniendo ese equilibrio perfecto en el que estaba. Pero, las cosas serían como debían ser.
Nunca pude darme cuenta de cuando Serena dejó de amarme; del momento exacto en que comenzó la curva del desamor. ¿ En qué momento, en qué instante fatal ? ¿ Qué circunstancia, gesto, palabra, silencio o actitud fue la primera chispa que encendió la mecha inevitable ? No lo supe antes y no creo haberlo desentrañado ahora. Quizás no tenga ningún sentido, sin embargo, aunque ya es tarde para cualquier cosa, me gustaría saberlo...me gustaría recordarlo y si pudiera, hasta fotografiarlo. Entonces pondría esa instantánea junto a aquella otra que nos tomamos en la playa, una mañana de verano entre la arena y el horizonte: dos fotografías, una al lado de la otra; dos momentos, dos instantes, dos puntas de una historia, y en el medio, la alegría.



Partida
Serena se marchó una primavera. En una de esas tardes en que uno cree que podría batallar contra todos los males y angustias del mundo. Jamás olvidaré su silueta recortada en el umbral de la puerta: una figura frágil, breve, distante y triste. Era como si el adiós hubiera tomado forma, como si un fantasma me dijera que no era Serena quien estaba frente a mí, sino la imagen de un recuerdo.
Allí mismo debí pedirle que no se marchase, que era demasiado pronto para eso. Allí podría haberle prometido el cielo y la tierra, el infierno y el paraíso. ¿ Pero acaso habrían cambiado las cosas ? Serena ya era portadora de todo eso ¿ para qué querría más ? Me inundó un desasosiego tan grande que solo atiné a llorar, tanto tanto que las lágrimas se mezclaban con mis palabras hasta confundirlas.
Luego la acompañé al aeropuerto, como aquella vez en Bahía, pero esta vez en lugar de separarnos para encontrarnos, lo hacíamos para olvidarnos.
Me quedé horas mirando el punto del horizonte en el que desapareció su avión, como buscando en el cielo alguna respuesta. En mi angustia imaginé que el avión regresaba, que ella bajaba corriendo por la pista, iba a mi encuentro y me decía que todo había sido un error, que nada estaba perdido y que abrazados volvíamos a casa para la hora de la cena.
El tiempo pasó tan rápido que la madrugada me sorprendió en el aeropuerto. Ya no había vuelos que llegarán ni que partieran; no se veía a nadie en el lugar. Estaba varado, sin nadie a quien esperar y sin querer ir a ningún lado. Sabía que estaba en el lugar equivocado, pero no sabía como salir.
Muchas veces después volví al mismo aeropuerto, y confieso que aún se me encoge el pecho al recordar aquella noche. Todavía me parece ver mi figura recostada sobre el cristal mirando el cielo, y aunque es una tontería, aún juego conmigo a imaginar que el avión regresa y que ella corriendo, se refugia en mis brazos.




Mirar el techo
Una tarde, una de las tantas tardes en que estaba tumbado en la cama y mirando el techo, me vino a la memoria un cuento de Italo Calvino. Recuerdo que en esa historia, un fotógrafo es abandonado por la mujer que amaba. Abrumado por la angustia y el desamparo, el hombre pasaba horas retratando con su cámara todos los rincones de la casa que delataban la ausencia de su amada.
Me reí de mí mismo al pensar que yo también observaba mi casa en relación a los lugares que ella prefería y que alguna vez habitara: el sillón que usaba para ver televisión, el sofá para leer, su lugar en la cama, sus plantas, las perchas vacías en el armario, su cepillo de dientes, la taza en la que tomaba la sopa, las ventanas que elegía para observar el jardín y mezclarse con la luz de la mañana.
Por un instante deseé, como aquel sujeto, fotografiar la soledad , rodeándome, mordiendo los tobillos, pero preferí el consuelo del techo, el consuelo más triste que pueda encontrarse.


Recuerdos
He pasado noches enteras revolviendo recuerdos. O en todo caso trozos concretos de ellos: fotografías, papeles, cartas...como buscando respuestas en un pasado más lejano aún, de lo que parecía.
He releído sus cartas, plenas de exhalaciones, de suspiros, de frases cursis y abrumadoramente adorables. He tratado de recordar la emoción que experimenté al recibirlas y el cuidado con que las guardaba entre mis papeles cotidianos para acortar así la distancia que me separaba de ella. Las he leído hasta el cansancio, con lágrimas y nostalgia, con una gran tristeza. Ahora son solo papeles...hojas escritas de una historia que es historia.
He visto sus fotos. En color y blanco y negro, y me he sorprendido conmoviéndome al recorrer cada detalle de ellas. Estuvieron durante algún tiempo colgadas en la pared, junto a la biblioteca. Entraba a la casa y podía verlas en medio dela oscuridad; parecían tener luz propia, como esas virgencitas que permanecen brillantes cuando la luz se ha apagado. Ahora descansan en una caja, junto a las cartas y otros objetos que formaron parte de aquellos felices años: entradas al cine, tickets de conciertos, señaladores de libros, algún muñequito y esas cosas.
De tanto en tanto la abro, y a diferencia de la caja de Pandora, cuando lo hago, se puebla el aire de tristes duendes que cuentan alegres historias de un amor que se gastó.


Morir de amor
Así como en otras familias existe el estigma del cáncer, de la diabetes o de la hipertensión arterial, que se transmite genéticamente por generaciones y marca las muertes y los males, en la mía existe el de los suicidios. Mi madre y el padre de mi madre murieron por amor, de un excesivo amor hacia personas que dejaron de amarlos. Ellos, como tantos otros no estaban preparados para la llegada del desamor, para el precipicio inevitable que la pasión depara a los amantes abandonados.
Mi abuelo murió en 1956, en un pequeño pueblo de provincia, al final de un tarde en la que creyó matar a su amante. Mi madre en una siesta de 1979, justo a la hora en que comenzaban a crecer las primeras flores silvestres de la primavera. Ambos cegaron con disparos la pasión que fluía en su venas y borraron para siempre los nombres de aquellos amores que ya no eran capaces de reconocerlos.
Muchas veces me he preguntado ¿ qué hubiera sido de ellos de no haber tomado semejante decisión ? ¿ Que habría ocurrido si hubiesen comprendido que el desamor es la cara opuesta de la misma moneda ? Y al hacerlo he tratado de imaginar ¿ qué hubiera sido de mi vida entonces ? ¿me habrían ocurrido las mismas cosas que me ocurrieron ? ¿ habría amado a quienes amé ? Habría llegado a comprender que el amor es finito, que nada es para siempre y que solo los caprichos del destino - o lo que fuere - saben en que lugar nos recogerán y en que otro habrán de abandonarnos.

Naufragios
Desamor, olvido, desamparo, abandono, tristeza, soledad, ausencia, adiós, son el reverso de amor, recuerdo, amparo, encuentro, alegría, compañía, presencia y hola. Son como hermanos, van de la mano como los escolares cuando cruzan las calles. Están impresos en la misma moneda: una la cara, otra la ceca. En un solo bolsillo.
Cada vez que amemos, sufriremos. Cada vez que olvidemos, habremos de recordar. Cada vez que nos perdamos, alguien nos encontrará.



Reencuentro
Todavía sigo en Madrid, terminando lo que empecé en el Parque de Retiro, reencontrándome con lo que queda de mi, luego de darle vuelta a tantos recuerdos. Escucho desde mi buhardilla la silenciosa complicidad de la noche y pienso en todo el tiempo que he estado huyendo; me parece toda una vida: abandoné mi trabajo, mis proyectos y me marché. He viajado por varios países, he conocido mucha gente, me he perdido en medio de grandes ciudades atestadas de rostros desconocidos. He caminado aeropuertos, recorrido andenes, visitado museos y bares, playas y montañas. He visto numerosos paisajes a través de ventanillas y todo ¿ para qué ? Simplemente para reponerme de la tristeza inmensa de su partida; tristeza de la cual presumía su llegada, con la seguridad que se tiene de que algún día lloverá.
Estoy en Madrid, pero podría estar en cualquier otro lugar del mundo. Parezco el personaje de un tango. La angustia guía mis pasos, pero ya no estoy perdido como esas noches en que buscaba, desesperadamente, su cuerpo en la otra punta de la cama; como esas noches eternas en que rogaba que sonara el teléfono y su voz estuviera suspendida al otro lado de la línea. Ya no estoy perdido, pero a veces quisiera estarlo, porque nada es tan desolador como alcanzar a comprender el desamor.
Ya no estoy perdido, pero como decía el viejo Borges, me duele una mujer en todo el cuerpo
Y ahora que su recuerdo es una marca que llevo en la piel y en el alma; que su ausencia es la certeza de haber amado profundamente, busco en la mochila El nombre de la rosa y lo abro en la página doscientos. Afuera, , la noche, se ha convertido en lluvia y adentro, en mi pequeña habitación con vistas al infinito, decido continuar - algunos años después - con la historia de Guillermo de Baskerville, una historia que debí interrumpir para conocer la pasión, el dolor y el misterio del amor.










Lisboa Story
La mujer extendió su mano y se apeó del pequeño tren, del trencito que recorre la ciudad, del trencito que va desde el puerto hasta las colinas. La mujer no preguntó nada, solo pagó su boleto y se acomodó en uno de los pocos asientos vacíos. La mujer siguió con su mirada las callejuelas estrechas, los vetustos edificios y las fachadas despintadas. La mujer lloraba silenciosamente, mientras miraba esa ciudad tan vieja, tan de antaño.
En el barrio de la Alfama se bajó y caminó por empinadas veredas y pasajes pintorescos. Buscaba una casa, un lugar…a alguien. Yo no lo sabía, pero lo presumía: la gente tiene un rostro distinto cuando busca a alguien en las ciudades. La mujer caminaba y yo la seguía, de lejos, pero la seguía. No podía apartarme de su figura, de la delgadez de su tristeza, de su ansia corroída por el tiempo. La mujer caminaba y yo la seguía. Fueron minutos, quizás horas. La mujer se detuvo en una colina, cerca de una vieja casona con vistas al horizonte. Desde ese lugar el río Tajo parecía sublime y los tejados de una indescriptible belleza. La mujer se sentó sobre una verja y se quedó por horas contemplando el río. La mujer nunca supo de mi existencia, jamás intentó comunicarse con alguien o intercambiar palabra con sujeto alguno: estaba más allá de éste tiempo, en otra historia, en otra Lisboa.
Jamás olvidaré a aquella mujer, jamás olvidaré su figura recortada hacia el Tajo, hacia el río, hacia los barcos perdiéndose en el firmamento.
Cuento esta pequeña historia, porque esa mujer fue para mí Lisboa: una extraña y bella dama, herida de melancolía y buscando a alguien allende los mares y los tiempos.



El Grove
Hay una hora de la tarde en que las barcas y los marineros vuelven cargados de peces y de soles. Es la misma hora en que las gaviotas se arremolinan sobre los viejos cascos atraídos por el olor inconfundible de las redes, y el sol se desvanece tras la ría en estertores rojos y verdes.
A esa hora siempre estaba en el muelle, esperando las barcazas y el crepúsculo, como una ceremonia religiosa, como una atracción inevitable. Quizás sea el hecho de vivir alejado del mar lo que me lleva a sentir un particular atractivo hacia los puertos, hacia el olor del agua y el frescor de la brisa marina; quizás por eso disfruto contemplando a los hombres y mujeres de los puertos. Son distinto: poseen ese sentido innato de la aventura, de la migración, del trabajo, del contrabando…de la celebración permanente de la naturaleza. Esos hombres y mujeres se me ocurren felices, en medio de la campiña y las olas, en esa región de vinos y mariscos; quesos y pescados, plena de fiestas y romerías, en las cuales cualquier excusa es buena para festejar la vida.
Apostado en los muelles de El Grove, sentado en sus playas y caminando por sus callejuelas, me encontré conmigo mismo en varias ocasiones. Inventé proyectos y fracasos, imaginé historias que luego fueron cuentos o acaso del guión de una improbable película; miré atrás una y otra vez buscando respuestas a mis innumerables preguntas, pero por sobre todas las cosas recordé, recordé, recordé mucho. Me atropellé de recuerdos, de recuerdos vagos, lejanos, felices, extraños y dolorosos. Fui por aquellos meses una persona sensible, vulnerable, serena…alejada de casi todas las cosas que habían formado parte de mi vida hasta entonces. Por eso es que jamás podré evocar aquellas estaciones sin que acudan en mi auxilio, emociones y sentimientos muy profundos.
Siempre recordaré ese tiempo en El Grove y en Galicia como un episodio perfecto de mi vida, como una perpetua primavera del alma, como un escenario en el que la felicidad se asomó plácidamente a mi común existencia.
Siempre recordaré mi figura mirando el mar, atravesando los acantilados en busca del viento, respirando los olores del mercado a la hora de la subasta, contemplando a las mariscadoras con sus faldas llenas de mejillones y de conchas; siempre me veré embarcado hacia alta mar en la procesión de la Virgen del Carmen, siempre me acordaré de la alegre compañía de mis primos, de los amigos que coseché y de las lluvias que me mojaron.
Siempre recordaré el color del cielo sobre el horizonte, de la lluvia de estrellas en la noche profunda, de la felicidad de los pájaros, del sabor de los vinos, de mis huellas barridas por la marea, de las olas como una sinfonía interminable. Del mar como una compañía permanente…como un confesor prudente, como un sabio consejero.
He sido feliz en muchos lugares y con muchas personas, pero aquella vez fui feliz estando solo, solo en ese lugar, prisionero del paisaje y de mis fantasmas.
Si alguna vez querido viajero sus pasos lo llevan a ese poblado, no dude ni un momento: abandónese allí por un tiempo y recuerde por las tardes llegarse hasta el muelle, a la misma hora en que regresen las barcas y los marinos. No podrá confundirse nunca, es la misma hora en que el horizonte se llena de rojos y verdes, y la ría es un manantial incesante de vida.





Pongamos que hablo de Madrid
Cuánto tiempo lleva conocer el espíritu de una ciudad. ¿ Su cuerpo, su esencia, sus entrañas ?
Algunos dirán que unas cuantas semanas; otros algunos pocos días. Personalmente creo que conocer una ciudad es cuestión de meses, y hasta de años. Nunca dejaré de agradecerme la decisión de haber permanecido un cierto tiempo en Madrid, porque de no haber sucedido así, jamás podría amarla y añorarla como ahora. Es difícil para un cordobés reconocer que existe una ciudad en el mundo de la cual uno puede enamorarse como de la propia. Eso me ocurrió con Madrid. Fue amor a primera vista, que con el correr de los meses se transformó en una pasión recíproca: nos veíamos a diario y nos queríamos. Nos acompañábamos por calles y paseos; por parques y avenidas con sonrisas pintadas de acuarela y suaves gestos de cortesía.
Vagabundear por la Gran Vía, desde Plaza España hasta La Castellana a las cinco de la madrugada; zambullirse en el bullicio de Puerta del Sol; caminar solitario por Príncipe de Vergara, escuchar los gatos y los inmigrantes en las noches de Lavapiés; pasear del brazo de una mujer en el otoño del Paseo del Prado, saber que Velázquez y Goya están a la vuelta de la esquina; leer a la sombra de los jardines del Palacio Real; ir de caza por Huertas, embriagarse en los bares infectos de Malasaña, ver morir el otoño en el Parque del Retiro, entrar en las fondas de la Cava Baja, retratarse de mil maneras en la Plaza Mayor, hurgar entre los libros viejos de La Cuesta de Moyano o esperar a alguien que no vendrá nunca en los andenes de Atocha. Son algunas de las cosas por las que siempre tendré un lugar en el corazón para esa ciudad tan bella, tan alegre, tan suya.




Putas
Todas las putas tienen la misma mirada en cualquier lugar del mundo: una luz de ansiedad le sale de las entrañas, una ansiedad inmensa les corroe el alma. Y no me refiero a esas putas de ahora que se anuncian en los periódicos o en las revistas pornográficas - esas nenas de clase media que se bañan en perfume, pagan puntualmente el alquiler y comen en lugares caros -, no , no; yo hablo de las putas putas: las putas de la calle, esas que visten mal y se pintarrajean peor. Esas que caminan sobre tacos rotos y hurgan en sus desvencijadas carteras en busca de cigarrillos berretas y chicles de menta. Esas putas que se cagan de frío en los inviernos, que se mojan con todas las lluvias y se agrietan las pieles con los soles del verano. De esas putas hablo yo: tienen una tristeza tan grande, que no logran disimular ni sus sonrisas seductoras ni sus coqueteos permanentes; cargan con un desasosiego, que da pena y ternura contemplarlas. Las he visto en muchos lados: merodeando la Plaza Roja a la caza de los turistas; envueltas en gastados abrigos por las frías calles del Berlín Este; adolescentes e ingenuas en las puertas del Hotel Riviera ,en Cuba; tragicómicas en la orilla del Po; peligrosas en las empinadas callejuelas napolitanas; elegantes en todas las calles de París; melancólicas en los umbrales del barrio lisboeta de la Alfama; drogadas hasta la inconciencia en la rambla de Barcelona y en la Gran Vía madrileña; glamorosamente latinas en Miami Beach; esbeltas y cursis por Corrientes y Callao; misteriosas y derrotadas por La Cañada. Todas son iguales, estén donde estén. Sin embargo nunca me habían conmovido tanto, como estos días en Madrid.
Vivo temporalmente en una pensión ubicada en un cuarto piso, en la calle Corredera Baja de San Pablo, a pocas cuadras de Gran Vía y Callao . En esa cuadra y en las tres siguientes he visto la mayor concentración de putas de mi vida. Es como si se desarrollara un congreso internacional de putas: hay blancas, negras, amarillas, cobrizas; algunas hablan español, otras marroquí, árabe, polaco, ruso. Es una babel de putas, la mayoría de ellas feas, gordas y viejas, decadentes, borrachas, drogonas, pero a pesar de todo eso, con una dignidad que te cagas
. Están quebradas, pero firmes: asaltan la calle como a las diez de la mañana y se van entrada la madrugada. Frente a ellas, desfilan, como actores de reparto: beatas que salen a hacer la compra; inmigrantes legales con nostalgia en los ojos; inmigrantes ilegales con la desesperación en el rostro; cafishos oliendo a tabaco rancio; valijeros que asisten religiosamente a un cine porno en el cual las películas siempre llevan la palabra anal en los títulos; dealers escurridizos que te pueden entregar la droga y cobrarte sin dejar de caminar ; borrachos que no encuentran la salida a la Gran Vía; parejas que dejan la marca de sus besos en la cal de las paredes y mendigos que bien pueden pedir para comer, que para beber o para comprarse un chocolate de hachís que te hace ver la nebulosa de Andrómeda en plena siesta.
Ese es el escenario donde viven la mayor parte del día, donde ponen el lomo y el culo, porque es lo único que tienen, y solo mensuran cada polvo en relación a la cantidad de comida que sus hijos deglutirán en la cena. De esas putas hablo yo. Las admiro.
Desde éste balcón suspendido en medio de la noche, adonde me llegan todos los rumores, suspiros y jadeos de la madrugada, las admiro.





Maribel, tu imagen embellece las ciudades
Tuve el placer de recorrer España junto a Maribel Verdú. Suena increíble, pero es cierto. Iba a Barcelona y allí estaba ella, caminando junto a mí por el Paseo de Gracia o La Rambla.
Enfilaba para Sevilla y me seguía los pasos junto al Guadalquivir. Divagaba por el Paseo del Prado o la Gran Vía madrileña y siempre la tenía adelante, sonriendo destellos de soles y estrellas.
Me adentraba en la campiña gallega y se las arreglaba para convertirse en algún punto cardinal y evitar que me perdiese. Así fue la cosa durante meses; afortunadamente no pude librarme de su presencia.
Fue en Valencia donde no pude resistir más y le pedí a una amiga que me retratara junto a ella. Una hermosa fotografía , de colores vivaces, es el testimonio de nuestro romance: estamos en la avenida Pío XII, cerca de la boca del metro; yo sonrío como un tonto y ella, radiante y hermosa, posa en ropa interior blanca, sin importarle para nada el cuchicheo de la gente.
En otras ocasiones supo ponerse corpiños negros o bombachas rojas; conjuntos de seda haciendo juego con sus labios, con la fina línea de su cuello.
Como no enamorarse de una mujer así, aunque solo estuviera en un afiche publicitario.
Una noche, mientras caminaba por Puerta del Sol, una pandilla de muchachos rompió uno de los cristales de la publicidad callejera y secuestró su fotografía. Alborozados, los chavales se llevaron su trofeo apurando los pasos por la calle de Alcalá. Dondequiera que lo hayan depositado, estarán disfrutando de la fortuna de poseer algo que ya les está vedado a todos los transeúntes de España: una fotografía en paños menores de Maribel, que es como tener La maja desnuda en casa, pero mucho más bonita.


Ilona
Fuí al cine a ver Ilona llega con la lluvia, y me he acordado de tí. De tí y de mí aquella tarde de enero junto al mar . Entonces nos parecíamos mucho a los personajes de Alvaro Mutis: libres y solos, a la deriva , esperando otro día para amarnos salvajemente; despreocupados del futuro y del tiempo, porque no había más futuro ni tiempo que aquel castillo de naipes construido con nuestras ansias y desdichas.
Ilona eras vos, me dí cuenta enseguida, fue como un zarpazo: el corazón se me encogió hasta hacerse chiquitito y se apoderó de mí una melancolía tan grande que no me abandonó hasta horas después de finalizar la película.
Me largué a caminar por la Gran Vía y bajé hacia Cibeles. No quería ir hacia allí, me llevaban los pasos. Una llovizna comenzó a caer y soñé despierto que aparecías caminando por el Paseo del Prado, con una paraguas rojo y enfundada en una gabardina azul. Soñé que agitabas tu mano, me sonreías y me tirabas besos que cruzaban el aire como estrellas fugaces. Por un momento sentí que el mundo volvía a ser aquél hermoso lugar que nos tocó vivir.

El Cine Doré
Corrían los primeros años de la década del 70 cuando descubrí el cine y las películas. Mis primeros recuerdos de niño me llevan a las butacas del cine Odeón, donde el mundo era, simplemente maravilloso.
Recuerdo también al cine Brunino, y más precisamente a la película Melody, con la música de los Bee Gees como una sublime bendición. Me acuerdo especialmente de la primera vez que fui solo a una sala: fue al cine Gran Mayo, a ver Butch Cassidy, con Paul Newman y Robert Redford.
Desde entonces pocas cosas han sido tan placenteras como sumergirme en la sombras para adentrarme en los mundos más fantásticos, en las hazañas más difíciles, en los sueños más imposibles, en los amores más apasionados, en los desamores más trágicos, en los héroes más valientes y en los villanos más desalmados.
Demás está decir que las películas fueron grandes compañías durante el viaje, y los cines, el mejor refugio que pueda encontrarse en cualquier ciudad del mundo. Ví películas de todos los colores, de todos los idiomas, dobladas al castellano, en versiones originales, con subtítulos o sin ellos: de los países más inesperados, incluso de algunos que ignoraba su existencia. Hay tantas películas en el mundo, que aún al cinéfilo más adiestrado le sorprendería saber que en cualquier ciudad de Europa, jamás alcanzaría a ver la tercera parte de las que se encuentran el cartel.
No daré nombres porque es imposible, ví muchas y al tratar de hacer memoria, me olvidaría de algunas cuantas, pero eso sí, quisiera hacer una declaración de amor, como testimonio de agradecimiento hacia las películas y el cine: declaro mi amor eterno por el cine Doré.
¿ Qué dónde está ? ¿Qué cómo se llega ? Es muy fácil. Tome nota: usted toma un avión y le pide al piloto que lo deje en el aeropuerto de Barajas. Una vez allí, se toma un autobús hasta Plaza Colón, y desde allí el metro hasta la Estación de Atocha o Antón Martín. Cuando salga a la calle usted estará en el barrio de Lavapiés, uno de los más antiguos y pintorescos de Madrid. A cualquiera que le pregunte le indicaran el mismo lugar: una esquina de la calle Santa Isabel, cerca de pescaderías y almacenes, de tabernas y negocios de importación barata. No podrá perderse nunca. No lo verá desde lejos, sino solo cuando esté frente a él. Recuerde precisamente ese momento porque habrá de repetirlo una y otra vez. Siempre volverá a ése lugar, aunque no quiera: sus pasos lo conducirán inexorablemente, aún cuando ése día haya decidido caminar hacia el otro extremo de la ciudad.


Libros
Cualquiera que tenga un mínimo de sentido y sensibilidad, sabe que pocas compañías son tan gratas como la de los libros. Nunca están de más, no molestan a nadie y la mayor parte de las veces nos hacen sentir mejores personas. Imposible viajar sin ellos.
He leído y releído tanto, que ya por esa inmensa cantidad de lectura vale la pena un viaje: algunos partieron conmigo: tal el caso de un pequeño volumen de Canto a mí mismo, de Walt Whitman, en la traducción de León Felipe, que me parece las más cantarina y poética. Es casi un amuleto, lo llevo conmigo porque es como una compañía cálida y afectuosa.
También un viejo ejemplar de La vuelta al mundo en 80 días, porque amo esa novela, y además, porque en mi febril delirio imaginativo, garabateo una adaptación para teatro y un guión cinematográfico en el que Jeremy Irons interpreta a Sir Phileas Fogg ( no sé si algún día conseguiré algo, pero tengo todo en la cabeza. Si tan solo pudiera trasladarlo al papel).
Otros libros los fui comprando en el camino ( algunos los regalé, otros conservé) y la mayoría los leí en casa de amigos. Es hermoso eso: revisar las bibliotecas de los amigos, elegir libros y sorprenderse de la cosas que estos llegan a leer; y también la de encontrar algún ejemplar que se regaló en alguna ocasión especial . Me pasó en casa de Ani, una gran amiga que hace años vive felizmente con su marido en Valencia: tropecé con El libro de Amador, ese bello poemario de Daniel Salzano. En la primera página me encontré con una cursi y conmovedora dedicatoria que le escribí para un lejano cumpleaños, cuando ambos vivíamos en Córdoba, cuando éramos estudiantes y jugábamos a imaginar un mundo un tanto distinto al que tenemos ahora.
Libros, libros y más libros. Quiero mencionarlos a todos y cada uno de ellos, porque fueron mis grandes compañías en ésta travesía. Los tuve conmigo en los aviones, en los trenes, en los autobuses, en automóviles, en metros ( ¿ sabían que los metros se inventaron para que la gente lea ? ), en barcos; en la playa, en las montañas, en cuartuchos de hotel, en luminosas pensiones, en plazas, en grandes bibliotecas y en los cines ( para mitigar la ansiedad de sumergirse en las películas).
Espero no olvidarme de ninguno, porque quiero ser justo con las historias y los escritores que tuvieron a bien acompañarme; emocionarme, consolarme, divertirme y enseñarme algunas cuantas cosas.
La lista no tiene un orden cronológico, necesariamente:
El Perfume, de Patrick Suskind. Una novela asombrosa, por donde se la mire.
Los amores difíciles, de Italo Calvino. Que lo parió mendieta, como diría el amigo Inodoro
La mirada del otro, de Fernando Delgado. Una inquietante novela (Premio Planeta 1995) de un buen periodista español
Cien años de soledad, de García Marquez. Hay que releer una y otra vez esta novela. Uno vuelve a experimentar la misma emoción que la del coronel Aureliano Buendía, en aquella remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
El desprecio, de Alberto Moravia. Extraordinaria novela sobre los sentimientos de pareja. Una obra magistral de punta a punta.
La ley del amor, de Laura Esquivel. No me cautivó la historia, pero me divirtió ése singular sistema de leer la novela y al mismo tiempo escuchar un disco y ver historietas. Muy original.
Cyrano de Bergerac, de Edmund Rostand. Que puedo decir de esa obra. Es un placer leerla, sobre todo si uno lo hace tirado en las arenas blancas de El Grove, con Las Rías Bajas gallegas al fondo.
Otelo y Hamlet, de Shakespeare. Leí esas obras una vez más y van…
El desorden de tu nombre, de Juan José Millás. Preciosa novelita de amor de un escritor español injustamente ignorado en Argentina.
La piel del tambor, de Arturo Perez Reverte. Una gran novela de aventura de éste gran narrador español.
Cuentos de los años felices, de Osvaldo Soriano. Estaba leyendo estos cuentos por los días en que me enteré de su muerte. Me emocioné con algunos de sus relatos y los disfruté con la intensidad de un homenaje.
El general en su laberinto, de García Marquez. Me gustó, pero me costó por momentos seguir la trama.
Respiración artificial, de Ricardo Piglia. Fue una revancha conmigo mismo. En los años de la universidad, éste texto era de lectura obligatoria en la cátedra de Literatura Argentina, de María Paulinelli. Entonces no entendí ni pío del libro; es más, le tomé bronca. Años después, en un parque de Valencia, me di una nueva oportunidad y quedé fascinado. Es una obra de arte; ahora entiendo a los que decían que es uno de los grandes títulos de la narrativa argentina del siglo XX. Después de leerlo le escribí una carta a María Paulinelli, para darle las gracias, por Piglia y por la entrañable amistad que nos une.
Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende. Un placer esta mujer.
Santa Evita, de Tomás Eloy Martinez. Ojalá algún día pueda , acaso escribir un párrafo como lo hace éste hombre.
Los 7 locos, de Roberto Artl. Era uno de los tantos libros que cargué desde Argentina para llevarle a mi amigo Klaus en Alemania ( eran parte de su biblioteca). Cuando llegué a Berlín tuvimos un grave desencuentro: estuvimos esperándonos en estaciones distintas por espacio de cuatro horas. En ese lapso y con una temperatura de 15 grados bajo cero, alterné mis pasos entre el andén de la estación y un barcito. Allí fue cuando saque la novela de Roberto Artl y la abrí en el capítulo El humillado, para comprobar que lo mío, al lado del pobre Erdosaín, era un juego de niños. El resultado fue que no pude abandonar la lectura por un largo rato, algo así como tres café con leche y un vaso de cognac.
La regla de tres, de Antonio Gala. Divertida historia sobre un triángulo amoroso.
El embrujo de Shangai, de Juan Marsé. Sabía de la fama de esta novela. Su fama está justificada.
Playa quemada, de Gustavo Nielsen. No conocía a éste joven escritor argentino. Lo descubrí en la biblioteca de Klaus, en Berlín. Joder, como escribe este muchacho.
Territorio comanche, de Perez Reverte. De lectura indispensable para todos los periodistas.
La nada cotidiana, de Zoe Valdés. Dura reflexión sobre La Habana y su gente. Me gustó mucho.
Los cuadernos de Don Rigoberto, de Vargas Llosa. A esta altura del partido, don Mario escribiría maravillas hasta de una guía telefónica.
El amor en los tiempos del cólera, de Gabo. Algo superior, solamente puede salir de alguien superior como García Marquez.
Las aventuras del capitán Alatriste, de Perez Reverte. Muy lindo libro. De espadachines, tiros, líos y cosa golda.
Afrodita, de Isabel Allende. Es precioso éste libro. Dan unas ganas tremendas de comer, beber y fornicar hasta el fin de los tiempos.
Carne trémula, de Pedro Almodóvar. Es el guión de su última película. Gran trabajo, como es típico en él.
¿ Quién ?, de Carlos Cañeque. Interesante novela de un escritor catalán, que posee esa típica enfermedad que suele aquejar a algunos escritores: borgitis aguda .
Ilona llega con la lluvia, de Alvaro Mutis. Conmovedor y melancólico libro del escritor colombiano.
Emociones, de Vicente Verdú. Simpáticas reflexiones del periodista español sobre la vida cotidiana.
El leviatán, de Paul Auster. Pedazo de libro. Creo que junto a El palacio de la luna, es su mejor novela.
Cine o sardina , de Guillermo Cabrera Infante. Ideal para cinéfilos como yo. Me lo devoré en pocos días.
Casanova, una vida de placer, de Ned Rival. Una didáctica biografía de un sujeto desconocido en muchos aspectos e injustamente ignorado en otros. Este trabajo reafirma la enorme simpatía que siento por Giaccomo, el caballero de la alegre figura.
Cuentos de fútbol, de autores varios. Es una recopilación de relatos sobre el fútbol, realizada por Jorge Valdano, y en el cual aparecen firmas de grandes escritores. Son hermosos, algunos más que otros. Me traiciona la tierra, pero debo confesar que los mejores son los de Soriano y Fontanarrosa.
Relatos de Manuel Vicent. Para quien aprecie el talento del columnista estrella del diario El País , esta compilación de relatos es un \bocatto di cardinale
Frankestein, de Mary Shelley. Nunca había abordado la novela original y se presentó la oportunidad: grandiosa.
Suspense, de Patricia Highsmith. Recorrí varias librerías para comprar el único título que le faltaba a mi amigo, el editor Javier Montoya, para completar su colección de la escritora norteamericana. Es un didáctico ensayo orientado a todos aquellos que quieran escribir una novela de suspenso y, además, venderla. Aprendí unas cuantas cosillas. En Argentina no se consigue.




Pinturas
Soy apenas un aficionado, pero me alcanza para darme cuenta que la mejor pintura del mundo está en unos cuantos museos diseminados por Europa. A Algunas de esas pinturas las ví, y con varias de ellas se me puso la piel de gallina. No sabría explicarlo, pero jamás podré olvidar la emoción que sentí al contemplarlas. No sé nada de escuelas, ni tendencias y esas cosas; solo sé que ante algunas obras no caben ni palabras ni análisis, solo el placer de admirar la magnificencia de generaciones de artistas, de seres superiores que nos transmitieron el mundo que les tocó vivir: Velázquez, Goya, Miguel Angel, Leonardo, El Giotto, El bosco, Van Dyck, Van Gogh, Rembrant, El Greco, Murillo, Piero della Francesca, Rubens, Rafael, Modigliani, Gaughin, Renoir, Picasso, Dalí, Miró, Juan Gris, Toulousse Lautrec, Durero, Otto Dix, Edward Munch, Rosetti, Kandinsky, Caravaggio, Boticelli, Reinharth, Man Ray, Sorolla, Monet, Manet y algunos más. Todos esos tipos son ciertos. Yo los ví.


Cuentitos de Navidad

Un adiós

Se acercó a la ventana y miró, sin ver, la larga hilera de luces colgadas en la avenida principal. Bajó la persiana, prendió las luces del arbolito y se tendió en la cama. Con un vaso de whisky sorbió unas treinta o cuarenta pastillas ¿ quién sabe ?
Luego se tendió de lado, alcanzó a taparse con una manta y cerró los ojos. El silencio inundó el cuarto hasta dejarlo mudo. Afuera la nieve caía mansamente y la ciudad estaba feliz.



Pequeña historia de amor

Ella era hermosa y se llamaba Laura, pero para la ocasión le pusieron María. El se llamaba Mariano y no tuvo nombre para la ocasión porque las ovejas no suelen llevar nombre. Se conocieron unos días antes de Navidad, pero el mismo 25 se dieron cuenta que se amaban.
Ella, como todas las Marías, ocupaba el centro del pesebre viviente, al lado del Niño Jesús y José. El, estaba muy atrás, junto a las vacas y los patos del estanque, pero eso no le impedía verla radiante y majestuosa bajo la estrella de Oriente. De tanto en tanto sus miradas se encontraban y producían pequeñas destellos, que la concurrencia atribuía a efectos pirotécnicos programados por el cura de la parroquia y la comisión organizadora.
Entonces el Niño nació, los Reyes Magos acercaron sus regalos, los ángeles entonaron villancicos y el lugar se pobló de una mágica, armónica y celestial energía.
Al concluir la representación, cuando ya pocos quedaban en el lugar, Mariano avanzó desde el estanque, cruzó una llanura de heno, ingresó al portal de Belén, se detuvo frente a Laura - que lo aguardaba impasible - le acarició la cara y la besó dulce y profundamente.
Se marcharon juntos, cogidos de la mano y sin sacarse los disfraces. Se perdieron entre la multitud y la nieve, pero aún desde lejos se los podía divisar. Era muy fácil: brillaban con el brillo inequívoco de los enamorados.


Unas cuantas fotografías

Cada vez que se le daba por acomodar su cuarto, aparecían cosas que ya daba por perdidas. Aquella mañana, mientras revolvía unas cajas, encontró un rollo fotográfico sin revelar. Ignoraba por completo qué contenía, así que decidió averiguarlo. Fue hasta esos negocios que revelan los carretes en una hora y lo dejó. La ansiedad pudo con él. Volvió antes de tiempo, lo que obligó al empleado a apurar el trámite. Cuando le entregaron el sobre, la emoción lo tumbó: eran fotos de Sofía; retratos que él mismo habia hecho algunos meses antes, cuando estaban juntos y la felicidad les sonreía. Ahora todo era distinto. Aquella mujer era el pasado, la anterior Navidad, un manojo de recuerdos, y también era esas fotografías, que él ya no podría volver a ver con la alegría que las tomó, sino con la angustia honda del desamparo, con el sabor del olvido.

Una noche de trabajo

Las luces de las calles en la época navideña le recordaban la infancia. Solo esa imagen lo devolvía a aquellas lejanas épocas. Caminó lentamente por la avenida Mayor, como queriendo beberse de un solo trago aquel lucerio inmenso que se perdía en las calles del Bajo. En la esquina con Monroe entró en un edificio de oficinas. Subió al tercer piso, forzó la puerta del departamento número 3 y se paseó por el lugar. En un cuarto pequeño encontró lo que buscaba: un hombre en posición fetal dormía sobre un catre, El trámite duró segundos: dos disparos amortiguados por un silenciador impactaron sobre el rostro del hombre y le prolongaron el sueño para siempre.
Volvió por el mismo camino; le gustaban las luces de la calle, le recordaban su infancia; aquellas lejanas épocas en las que su padre lo llevaba a la estación del ferrocarril a ver el pesebre viviente; aquellos días de vino y rosas que le parecían de otra vida, quizás de otra persona.
Maldijo la Navidad, o en todo caso trabajar en un día así. Apuró sus pasos y entró en otro edificio. Aún quedaban cosas por hacer y quería terminar antes de las doce






Paisajes
Imposible elegir entre tantas maravillas que me tocaron en suerte. Prefiero dejar constancia de algunas imágenes que, rápidamente, acuden a mi memoria sin que las convoque:
- una noche por las laberínticas calles venecianas, entre palacios iluminados, muelles en penumbras, figuras solitarias sobre los puentes y gondolas zigzagueando entre las olas y la luna.
- El bosque frío y helado que está junto al Kremlin, en Moscú.
- Un atardecer cayendo tras las ruinas del Foro Romano.
- La belleza inmensa de la ría de Vigo, en Galicia.
- Los pueblitos dibujados en las laderas de Los Alpes.
- El Pontevecchio, en Florencia.
- El cruce en barco de Napolés a Capri, con Pompeya y el Vesubio a un costado.
- Lisboa vista desde el barrio de la Alfama.
- Las tumbas heladas del cementerio judío de Prenzlauer Berg, en Berlín.
- Los árboles y el otoño en el Paseo del Prado.
- La Torre Eiffel vista desde El Trocadero.
- El río Sena con el Pont Neuf al fondo.
- La Giralda vista desde el otro lado del Gualquivir, en Sevilla.
- El paisaje árido y poético de La Mancha.
- El glamour de La Costa Azul
- Un mar de dunas en Las Canarias
- El Sahara visto desde el avión
- Las mariscadoras y los pescadores de El Grove, en las Rías Bajas gallegas.
- La nieve cayendo incesantemente como una bendición sobre mi cabeza.
- El mar Tirreno, azul, profundo y frío.
- Los edificios señoriales en La Gran Vía madrileña.
- Una esquina o calle cualquiera de Barcelona. Todas son bellas.
- El paisaje de Asturias, Euskadi y Navarra visto a través de la ventanilla del tren.
Una tarde de lluvia en Viena.
- La Fontana di Trevi de noche.
- Unos niños correteando por Piazza Navona, en Roma.
- La sonrisa de una mujer que me acompañó en gran parte del viaje y finalmente me abandonó en Andalucía, mezclándose con los últimos estertores de un atardecer.



Patria
Puede acaso haber un término más grandilocuente y asimismo más insignificante que el de patria ? Crecemos desde niños con esa palabra en la cabeza, algunos viven por ella, otros mueren; hay quienes son asesinados en su nombre y hay quienes forjan su vida y su obra, despreciándola.
La patria ¿ qué carajos es la patria ? Esquivo la definición del diccionario, ya la conozco. Trato de olvidarme de los gauchos, del Martín Fierro, del himno y de la escarapela. Intento que no me ciegue el resplandor de la bandera y del bronce. Prefiero esta definición que me invento ahora, ahora que estoy lejos de mi casa y la Argentina es un montón de recuerdos esparcidos en el viento
La patria, pienso, digo, es uno mismo y algunas pocas cosas más: la familia, los amigos, los amores, algunos olores y casi se podría decir que allí se termina la lista. Poquita cosa parece, sin embargo es mucho.
A la distancia me he olvidado de todo lo otro: de la política, los políticos, la desocupación, el futuro, los máximos ideales y los grandes temas nacionales que permanentemente se debaten en la televisión o en los diarios, y que tanta energía nos consumen cotidianamente.
A la distancia todo se diluye, hasta las cosas más queridas, y eso es peligroso. Porque la mayor parte de las cosas son susceptibles de olvido. Hasta nosotros mismos, si nos descuidamos.
Si pudiera, me llevaría mi patria a otro lado, pero es imposible: jamás lograría poner de acuerdo a tantos amigos y a mi familia para trasladarlos a la Isla de Capri, por citar un caso. O a Jamaica, a Madrid, o San Martín de los Andes. Pero si pudiera lo haría y crearíamos una sociedad distinta. Sería un estado organizado, pero sin leyes. No haría falta elegir representantes porque no existiría la necesidad de representar nada. Confío en el libre albedrío de la gente que llevo. Eso si, me gustaría que el héroe nacional de esa patria fuera Charly García. Sí señor. Una gran estatua de él sentado al piano, con su mano señalando el cielo debería estar en la plaza mayor del lugar. Entonces los domingos la gente se reuniría allí, cantaría canciones de amor, jugaría a las cartas, bebería vino, comería empanadas , tomaría mate y daría gracias por esa patria nueva que lograron conseguir.
Releo lo que he escrito y me parece una tontería, pero creo que lo verdaderamente bello e importante está en las personas que nos quieren y a las que hemos logrado amar; y no es que haya tenido que irme para darme cuenta de eso,, no, no. Siento que la mayoría de la gente se pasa gran parte de su vida ignorándolo y cuando se dan cuenta, ya no les sirve para nada.
También está la cuestión de que el mundo está manejado por sujetos que parecen ni tener amigos, ni familias, ni sueños, entonces se encargan de fastidiar al resto de la humanidad, inventando cosas raras en nombre de la patria, para beneficio del estado y orgullo de la nación.
No sé si me explico, pero ahora que estoy lejos, en un continente en el cual desfilan hombres y mujeres de todo el mundo, me he olvidado de aquellos cosas que lograban amargarme el día: me olvidado de peronistas, radicales y frepasistas; me he olvidado de los milicos y del FMI; de comprar más barato con la tarjeta naranja; de los mediocres que infectan la administración pública; de vivir en el lugar más caro del mundo; me he olvidado de pensar que somos un país con mucho potencial, pero inexplicablemente desaprovechado. Me he olvidado de los neustads, de los grondonas, de los araujos, de los clariás, de los lanatas. Me he olvidado de casi todo lo que no es indispensable, pero que, desgraciadamente, caracteriza los días y las noches de nuestra patria.
Ahora que vuelvo, lo hago por todo aquello que me hace feliz, por esa patria mía,, aún sabiendo que deberé soportar esa otra patria, como un peso inexorable. Siempre hay un precio que pagar y ya que hay que hacerlo, es mejor si uno lo tiene claro y no se enfada cotidianamente por eso.
Dicho así parece fácil y hasta ingenuo, pero es la única forma de que Argentina no lo aplaste a uno hasta reducirlo a un pobre tipo. La otra forma es huir de tanto en tanto y comprobar lo bien que se puede estar en otros lados, aunque falte el asado y el dulce de leche.
También queda la posibilidad de ser como Carlos Menem: convertirse en sultán de un país, cagarse en todo el mundo y dormir todas las noches con la tranquilidad de vivir en una tierra de amnésicos.




Gente
Solamente en las grandes metrópolis se puede apreciar eso que ha dado en llamarse como cosmopilitismo. En pocos lugares como Berlín, Londres, París, Nueva York y posiblemente Barcelona y Madrid, se puedan encontrar tantos muestrarios de la raza humana. En pocos lugares como esos, es posible comprobar la fragilidad de las ideologías que persisten en clasificar y definir a los hombres por su raza, sexo y religión. Me he topado en éste viaje con personas de diversos países. He estado en bares donde fácilmente podían escucharse diez o quince idiomas. He comprobado que la belleza femenina y masculina puede venir en colores blancos, negros, amarillos o cobrizos. Me he comunicado con otras personas sin hablar la misma lengua; me he cruzado diariamente en ascensores, supermercados, cines, parques, paseos y calles con otros semejantes sin sorprendernos y alarmarnos de nuestras diferencias.
Europa toda hoy es una gran nación que cobija, por las buenas o por las malas; por voluntad u obligación, a buena parte del mundo. Y está bien que eso sea así, aunque los políticos y el Estado se preocupen por las estadísticas. Aunque las aduanas traten de impedirlo y los juristas de legislarlo.
Hombres, mujeres, ancianos y niños pasean sus sueños y desesperanzas por el viejo continente. La mayoría de ellos, a contrapelo de sus ganas, obligados por la miseria, el hambre y la represión de sus lugares de origen. Otros por el deseo de aventura. Y muchos otros como una suerte de venganza: llevan sus desgracias hacia los países de los cuales algunas vez fueron súbditos. Las añejas potencias coloniales están siendo invadidas paulatinamente por los bárbaros, con el lógico cambio sustancial en su estructura social, política y económica. Está bien todo eso, aún a pesar de los brotes de racismo, de los grupos extremistas que aparecen de tanto en tanto, pero que deben rendirse a la evidencia de que el mundo es uno solo, que las fronteras desaparecen y los hombres no tenemos tantas diferencias como parece. Hombres, mujeres, blancos, negros, amarillos, fascistas, comunistas, homosexuales, lesbianas, fetichistas, budistas, católicos, protestantes, musulmanes, nazis, franquistas, vascos, catalanes, italianos,
franceses, africanos, alemanes, Iras, Etas, socialistas, internautas, yuppies, bohemios, desocupados, drogadictos, hinchas del Real Madrid, del Barcelona y del Inter de Milán. Afortunadamente, ninguna de estas clasificaciones sirven, siquiera, para definir una molécula de lo que es un ser humano.
Instinto...instinto procreando el mundo, decía el viejo Walt Withman, y quizás no seamos nada más que eso: un montón de instinto perdido en el universo que encontró refugio en la Tierra.
de volver, porque, de lo contrario, ¿ qué sería de nuestras vidas ? Si no se tiene donde volver ¿ no es cómo si estuviéramos sin saber adonde ir ? No es que esté mal ir hacia ninguna parte, pero acaso no es mejor hacerlo, sabiendo que alguna vez tendremos un lugar donde regresar.


Volver
Asi como un día uno se levanta con la decisión de marcharse, otro día lo hace con la de volver. Es una sensación extraña, no puede explicarse racionalmente. Se sienten unas tremendas ganas de cruzar el Paseo Sobremonte, de oler las tipas de La Cañada, de entrar a la casa y sentarse a tomar mates con la familia.
Ya no se tienen más ganas de viajar, ni de conocer cosas, lugares o gente. Hay un momento en que se siente una profunda nostalgia, una gran melancolía, una añoranza dulzona, y entonces, cuando pasa eso, si se puede, hay que volver. Porque es el único remedio.

Volver, es una hermosa palabra. Hay tanta gente en el mundo que quisiera volver, pero por una u otra razón no tiene esa suerte. Algunos porque no pueden, otros porque no quieren; y muchos otros que aunque pudiendo y queriendo, no tienen adonde volver. Eso es verdaderamente triste. Siempre hay que tener un lugar adonde volver, porque de lo contrario, ¿ no sería cómo estar perdido ?

Volver. Es hermoso volver. Siempre hay que volver, aunque luego volvamos a partir. Siempre hay que volver, aunque solo sea para encontrarnos con nosotros mismos, en aquél exacto lugar donde alguna vez nos perdimos.




FIN