De los 20 a los 30: mis 15 minutos de fama

El año 1984 es un año que me marcó a fuego. Me hice periodista, así de fácil. Tenía 20 años cuando en febrero de ese año, cubrí para La Voz del Interior la sub-sede del Campeonato Nacional de básquetbol categoría Cadetes, en Colonia Caroya.
Ya estaba en segundo año de Ciencias de la Información y entrar a La Voz era como haberse comprado solo los botines y que te invitarán a jugar en el Monumental de Núñez.
La cosa fue así: Oscar Carnet, gerente de personal de La Voz había sido amigo de mis padres, en algunas cuantas vacaciones de verano. Al saber que tenía ese puesto, me armé de valor y lo fui a ver. Me dio cita en su oficina y luego de escucharme me dijo que solo tenía un puesto de cronista volante en La sección Deportes. No tenía idea de lo que eso significaba, pero acepté entusiasmado. No me daban los labios para agradecerle esa oportunidad, que yo bien sabía, se la debía a esos asados y charlas veraniegas de su familia con la mía.
Entrar a La Voz del Interior tuvo el mismo efecto que cuando descubrí el Cine Cub La Quimera, dos años antes: entré a un mundo maravilloso.
El viejo diario estaba a punto de marcharse desde Colón 37 a su nueva sede en Alta Córdoba. Todo estaba como viejo, dormido, pero se podía respirar los recuerdos de un tipo de periodismo a punto de extinguirse. Mi jefe era la Cuca Argañaraz, el segundo el Viejo Stival y ya estaban ahí, entre otros, El Hugo Juárez, el Negro Agüero, Pepe Segura, el Corto Mazzieri, Daniel Clocker, el Pomelo Ferragut, Elbio Ibarra Pretti, Guido Barbieri, y exponentes de un periodismo de otras décadas, como el Viejito Córdoba, el Avión Gonzalez y Don Altamira.
Recuerdo que aquella primera misión en Colonia Caroya, la tomé con la misma responsabilidad y entusiasmo que la de D´artganan cuando fue a Inglaterra en busca del collar de la reina.
Aquel febrero de 1984 concluyó con 2 anécdotas tontas, pero que recuerdo vivamente. La primera tiene que ver con la final de ese campeonato de cadetes. Era en Redes Cordobesas. Cuando ingresé al estadio, el tipo del control tomó la acreditación y la rompió, argumentando que ya no me iba a hacer falta. Casi se me cae un lagrimón, porque quería guardar esa acreditación de recuerdo. No la tengo, pero a cambio he guardado todas las acreditaciones que vinieron después. En una caja tengo desde acreditaciones para el Boxeo de los barrios hasta el festival de Cine de Berlín; desde la Copa Wiliam Jones hasta los Premio Goya; desde el Primer Rally hasta los recitales de Luis Miguel, Peter Gabriel o Serú Girán.
La segunda anécdota ocurrió el día que fui a cobrar el primer sueldo: creí que se habían equivocado. Me parecía mucho dinero. A punto estuve de devolver una parte. No podía creerlo, encima de hacer de periodista te pagaban. Claro, que cuando varios años después el sueldo seguía siendo el mismo la cosa era distinta, pero ese primer sueldo de periodista me pareció enorme.
Entre 1984 y 1994, es decir entre los 20 y los 30 años me ocurrieron tantas cosas hermosas que no alcanzaría el tamaño de una guía telefónica para enumerarlas a todas.
Fui Secretario de Cultura del Centro de estudiantes de Ciencias de la Información ( creando la Semana del Comunicador Social junto a María Eugenia Pasquali y Nora Borrás), milité brevemente en el CISPREN, lo suficiente paras dejar un granito de arena ( El Concurso de Periodismo Rodolfo Walsh); fui un pésimo administrativo en la azucarera de mi tio Ariel; fui periodista deportivo “especializado en fútbol de Primera B, básquetbol y voleibol; fui crítico de teatro y de cine; fui actor de teatro en grupos experimentales; fui cineasta amateur de filmes inconclusos; fui pizzero junto a Sergio Favot y el Bocha Lozada; filmé casamientos y documentales turísticos para una empresa de videos que creamos con el mismo Favot y el Pato Bailone; fui votante en elecciones internas, como decía la canción de Los Proceso a Ricutti, y por sobre toda las cosas me divertí como si fuera cada día el último día de mi vida.
Viajé por varias partes de Argentina y conocí el extranjero, tirando para el lado de Brasil, Cuba, Venezuela y Florida. Me gustaron muchas mujeres, tuve algunos cuantos affaires, pero solo me enamoré en dos oportunidades.
La primera fue en enero de 1985 en Mina Clavero. Mi tia Juana me había regalado un Citroen 3cv modelo 79 y me piqué con mi amigo Gustavo Faya a probarlo hacia Traslasierra. Fuimos a un camping donde sabíamos que paraba nuestra amiga Ani Kanter con algunas compañeras del secundario. Y allí, en el balneario de Mina Clavero, la ví: ella estaba arrodillada, jugando con sus manos en la arena. Era una muchacha hermosa haciendo juego con el cielo, el sol y el agua. Puedo afirmar sin temor a ser desmentido que nos enamoramos a primera vista. Claro que habrían de pasar 3 meses antes de que me animara a decírselo. En aquella época todavía estilaba declararse. Se llamaba Roxana Guerra y aquel fue un verano maravilloso. Era estudiante de Trabajo Social, y estaba tan enamorado de ella, que hasta la acompañaba a las Villas Miserias para visitar a los pobres de espíritus y de bolsillo. En esas visitas ella creía que me emocionaba con la dura realidad de la gente, pero en verdad yo me emocionaba con ella: su belleza, su dulzura y su generosidad eran conmovedoras. También debo adjudicar algunas de esas lágrimas a las terribles fogatas que prendían los villeros para quemar yuyos y basura.
Fui muy feliz con Roxana, aunque debo confesar que aprendí más de ella, que ella de mí. Era un crío, un huracán de cosas; creía que el cielo podía tocarse y esas cosas. Creo que ella también fue feliz en esos casi 8 años.
La segunda vez que me enamoré se me juntó con la relación anterior. Es decir que hubo problemas. Fue en octubre de 1992, en el Festival Latinoamericano de Teatro. Yo era el Jefe de Prensa y ella se llamaba Bibiana Ricciardi. Yo tenía barba y pesaba 75 kilos. Ella era rubia y fatalmente hermosa. Nos enamoramos entre Lorca, Shakespeare, copas, cenas y charlas de amigos. Fue uno de esos flechazos que se comparan en intensidad a la explosión de constelaciones en el universo. Así como llegó se fue, pero ese amor dejó marcas. De esas marcas que duelen, pero que hay que tener, al menos una vez en la vida.
De De esa etapa que arranca a mediados de esa década prodigiosa, datan mis primeras cosas escritas. Tuve la suerte de salir premiado en el único concurso al que me he presentado. Fue en 1985 y es una Mención de la Municipalidad de Córdoba por un certamen titulado “Historias de barrio”.
No tengo copias de esos escritos, lamentablemente. Solo me quedó el diploma que me entregaron en una sencilla ceremonia en el Paseo de las Artes y la emoción inmensa de presumir de escritor ante Roxana Guerra, la estudiante de Trabajo Social de algunas líneas mas arriba.

Mis primeros poemas datan de 1985, escritos en épocas universitarias, en la primavera alfonsinista. Podrán apreciar un leve tufillo salzaniano, pero ¿ quien no lo ha tenido, caramba, en Córdoba alguna vez ?