De los 20 a los 30: mis 15 minutos de fama

El año 1984 es un año que me marcó a fuego. Me hice periodista, así de fácil. Tenía 20 años cuando en febrero de ese año, cubrí para La Voz del Interior la sub-sede del Campeonato Nacional de básquetbol categoría Cadetes, en Colonia Caroya.
Ya estaba en segundo año de Ciencias de la Información y entrar a La Voz era como haberse comprado solo los botines y que te invitarán a jugar en el Monumental de Núñez.
La cosa fue así: Oscar Carnet, gerente de personal de La Voz había sido amigo de mis padres, en algunas cuantas vacaciones de verano. Al saber que tenía ese puesto, me armé de valor y lo fui a ver. Me dio cita en su oficina y luego de escucharme me dijo que solo tenía un puesto de cronista volante en La sección Deportes. No tenía idea de lo que eso significaba, pero acepté entusiasmado. No me daban los labios para agradecerle esa oportunidad, que yo bien sabía, se la debía a esos asados y charlas veraniegas de su familia con la mía.
Entrar a La Voz del Interior tuvo el mismo efecto que cuando descubrí el Cine Cub La Quimera, dos años antes: entré a un mundo maravilloso.
El viejo diario estaba a punto de marcharse desde Colón 37 a su nueva sede en Alta Córdoba. Todo estaba como viejo, dormido, pero se podía respirar los recuerdos de un tipo de periodismo a punto de extinguirse. Mi jefe era la Cuca Argañaraz, el segundo el Viejo Stival y ya estaban ahí, entre otros, El Hugo Juárez, el Negro Agüero, Pepe Segura, el Corto Mazzieri, Daniel Clocker, el Pomelo Ferragut, Elbio Ibarra Pretti, Guido Barbieri, y exponentes de un periodismo de otras décadas, como el Viejito Córdoba, el Avión Gonzalez y Don Altamira.
Recuerdo que aquella primera misión en Colonia Caroya, la tomé con la misma responsabilidad y entusiasmo que la de D´artganan cuando fue a Inglaterra en busca del collar de la reina.
Aquel febrero de 1984 concluyó con 2 anécdotas tontas, pero que recuerdo vivamente. La primera tiene que ver con la final de ese campeonato de cadetes. Era en Redes Cordobesas. Cuando ingresé al estadio, el tipo del control tomó la acreditación y la rompió, argumentando que ya no me iba a hacer falta. Casi se me cae un lagrimón, porque quería guardar esa acreditación de recuerdo. No la tengo, pero a cambio he guardado todas las acreditaciones que vinieron después. En una caja tengo desde acreditaciones para el Boxeo de los barrios hasta el festival de Cine de Berlín; desde la Copa Wiliam Jones hasta los Premio Goya; desde el Primer Rally hasta los recitales de Luis Miguel, Peter Gabriel o Serú Girán.
La segunda anécdota ocurrió el día que fui a cobrar el primer sueldo: creí que se habían equivocado. Me parecía mucho dinero. A punto estuve de devolver una parte. No podía creerlo, encima de hacer de periodista te pagaban. Claro, que cuando varios años después el sueldo seguía siendo el mismo la cosa era distinta, pero ese primer sueldo de periodista me pareció enorme.
Entre 1984 y 1994, es decir entre los 20 y los 30 años me ocurrieron tantas cosas hermosas que no alcanzaría el tamaño de una guía telefónica para enumerarlas a todas.
Fui Secretario de Cultura del Centro de estudiantes de Ciencias de la Información ( creando la Semana del Comunicador Social junto a María Eugenia Pasquali y Nora Borrás), milité brevemente en el CISPREN, lo suficiente paras dejar un granito de arena ( El Concurso de Periodismo Rodolfo Walsh); fui un pésimo administrativo en la azucarera de mi tio Ariel; fui periodista deportivo “especializado en fútbol de Primera B, básquetbol y voleibol; fui crítico de teatro y de cine; fui actor de teatro en grupos experimentales; fui cineasta amateur de filmes inconclusos; fui pizzero junto a Sergio Favot y el Bocha Lozada; filmé casamientos y documentales turísticos para una empresa de videos que creamos con el mismo Favot y el Pato Bailone; fui votante en elecciones internas, como decía la canción de Los Proceso a Ricutti, y por sobre toda las cosas me divertí como si fuera cada día el último día de mi vida.
Viajé por varias partes de Argentina y conocí el extranjero, tirando para el lado de Brasil, Cuba, Venezuela y Florida. Me gustaron muchas mujeres, tuve algunos cuantos affaires, pero solo me enamoré en dos oportunidades.
La primera fue en enero de 1985 en Mina Clavero. Mi tia Juana me había regalado un Citroen 3cv modelo 79 y me piqué con mi amigo Gustavo Faya a probarlo hacia Traslasierra. Fuimos a un camping donde sabíamos que paraba nuestra amiga Ani Kanter con algunas compañeras del secundario. Y allí, en el balneario de Mina Clavero, la ví: ella estaba arrodillada, jugando con sus manos en la arena. Era una muchacha hermosa haciendo juego con el cielo, el sol y el agua. Puedo afirmar sin temor a ser desmentido que nos enamoramos a primera vista. Claro que habrían de pasar 3 meses antes de que me animara a decírselo. En aquella época todavía estilaba declararse. Se llamaba Roxana Guerra y aquel fue un verano maravilloso. Era estudiante de Trabajo Social, y estaba tan enamorado de ella, que hasta la acompañaba a las Villas Miserias para visitar a los pobres de espíritus y de bolsillo. En esas visitas ella creía que me emocionaba con la dura realidad de la gente, pero en verdad yo me emocionaba con ella: su belleza, su dulzura y su generosidad eran conmovedoras. También debo adjudicar algunas de esas lágrimas a las terribles fogatas que prendían los villeros para quemar yuyos y basura.
Fui muy feliz con Roxana, aunque debo confesar que aprendí más de ella, que ella de mí. Era un crío, un huracán de cosas; creía que el cielo podía tocarse y esas cosas. Creo que ella también fue feliz en esos casi 8 años.
La segunda vez que me enamoré se me juntó con la relación anterior. Es decir que hubo problemas. Fue en octubre de 1992, en el Festival Latinoamericano de Teatro. Yo era el Jefe de Prensa y ella se llamaba Bibiana Ricciardi. Yo tenía barba y pesaba 75 kilos. Ella era rubia y fatalmente hermosa. Nos enamoramos entre Lorca, Shakespeare, copas, cenas y charlas de amigos. Fue uno de esos flechazos que se comparan en intensidad a la explosión de constelaciones en el universo. Así como llegó se fue, pero ese amor dejó marcas. De esas marcas que duelen, pero que hay que tener, al menos una vez en la vida.
De De esa etapa que arranca a mediados de esa década prodigiosa, datan mis primeras cosas escritas. Tuve la suerte de salir premiado en el único concurso al que me he presentado. Fue en 1985 y es una Mención de la Municipalidad de Córdoba por un certamen titulado “Historias de barrio”.
No tengo copias de esos escritos, lamentablemente. Solo me quedó el diploma que me entregaron en una sencilla ceremonia en el Paseo de las Artes y la emoción inmensa de presumir de escritor ante Roxana Guerra, la estudiante de Trabajo Social de algunas líneas mas arriba.

Mis primeros poemas datan de 1985, escritos en épocas universitarias, en la primavera alfonsinista. Podrán apreciar un leve tufillo salzaniano, pero ¿ quien no lo ha tenido, caramba, en Córdoba alguna vez ?

Saltando charcos

Poemas ( 1985)


No muy lejos de aquí

Por Carlitos que caminó todas las calles
y todos los caminos del mundo.
Por Doña Rosa, que lustra diariamente la vereda
para ver su rostro en las baldosas.
Por el loco de Gustavo, que insiste en leerme
sus poemas delirantes.
Por la foto de mi madre, que sonríe, como una foto.
Por Alejandro, que camina, camina y camina
y solo se detiene cuando se escapa del mapa.
Por los borrachines que destilan alcohol
y tristezas en el Abasto.
Por el cieguito de la peatonal, que canta
cuando todos pasan puteando.
Por vós, que no sé dónde estarás ahora.
Por Woody Allen, que me dejó plantado
con dos café con leche en el Castelar.
Por los hombres cine de Salzano.
Por Salzano.
Por el beso de la mujer adriana.
Por los novios que cambian de siluetas
en los bancos de las plazas.
Por esta ciudad que amo tanto,
pero que a veces no me pertenece.
Por el calor de tu cabeza en el hueco de mi hombro.
Por todo eso, me siento esta noche.
Aquí, en la vereda
a parpadear con las estrellas.


No muy lejos de aquí II

Desde éste lugar se ve hasta siempre.
Hasta el cansancio de la ciudad,
que se desgaja sobre las calles.
Hasta el primer canillita
que asaltó la esquina rosada.
Hasta la última puerta del prostíbulo.
Desde éste lugar se ve hasta siempre.
hasta las huellas que los niños dejan
sobre los charcos de agua.
Hasta tus ojos, hasta tus manos,
jugueteando con la luna entre los dedos.



No muy lejos de aquí III

Cuando La Cañada se pierde en las estrellas,
muy cerca de Avellaneda
Y el río es un hilo de ruidos gastados,
Juan se sienta con su botella a esperar la luna.
Y no hay nada que pueda perturbarlo.
El está allí. Con la noche, con el alcohol,
con su memoria borrosa
Y su hígado magullado de recuerdos truncos.
Cuando La Cañada se pierde en las estrellas
y el río es una herida abierta en la noche,
Juan está sentadito donde siempre,
esperando la luna.



No muy lejos de aquí IV

No es preciso que trates de acordarte
de los 20 poemas y la canción desesperada.
No es preciso que te marches,
justo ahora que aprendí a mirarte.
Ni que estemos solos,
como largos silencios olvidados,
mientras las luces de las calles,
de las plazas, de los cuartos
se encienden y se callan.


No muy lejos de aquí V

Al este del paraíso están todos:
Los que comen cuando pueden,
pero que siempre ríen.
Los que miran con orgullo sus zapatos nuevos.
Los que tiemblan de amor, como las hojas.
Los que lloran, los que sueñan
y casi siempre se duermen
en un colchón de ilusiones.
Al este del paraíso están todos,
los que para mirar al cielo
simplemente abren los ojos.



Sin título
Y de pronto aparece esta circunstancia;
bella e inesperada,
que se adelgaza entre nuestros cuerpos,
que se modela con tu aliento
y que se cierra en tus ojos
hasta que aclare la noche.



La eternidad de una palabra

Yo escribo para mí,
para los segundos que tardan mis amigos
en leer un poema.
Escribo para ganarle tiempo al tiempo
y para que vos leas todas mis cosas,
muy despacio, en mi oído,
cuando ya no pueda más que escuchar.


A mi madre

Comencé a amarte demasiado tarde.
cuando ya no veía tu silueta recortada
en el jardín, susurrándole
cositas a las plantas.
Cuando tu nombre se extraviaba en las paredes.
Cuando tus manos no estaban allí.
ni tu elegante caminar,
ni tu voz melodiosa que me cuesta recordar.
Comencé amarte demasiado tarde,
pero si es cierto lo que dicen algunos,
si hay algo más allá de todo esto,
no parare hasta encontrarte
ni descansaré hasta que nuestros brazos
se estrechen en un inmenso cerco
donde habiten los cientos y miles de abrazos
que olvidamos de darnos.


Roxi

Cae un pedazo de cielo
sobre tu cara.
Se queda a vivir, a derretirse,
a colorearse en tus ojos.
La noche es un espejo
de estrellas en tus labios.


Simplemente tu sangre bullendo
y respirando entre las sábanas.
Simplemente la curva de tu espalda
y el perfil de tu hombro en mi cara.
Simplemente el rumor de tus silencios,
de tus dudas, de tus ganas,
me bastan para clavarme
en el centro mismo de la noche
y descubrir el placer,
el amor y la nada.

Fotos de cine

Poemas ( 1988)

Mi amor por el cine empujó estas palabritas. Integraban una publicación muy modesta
( unas fotocopias) titulada “ Saltando charcos de la periferia al centro” que solo se distribuyeron entre unos amigos de la Facultad. Gustavo Faya escribió el prólogo. Tampoco tengo ejemplar de eso, pero me consta que al menos mi amiga Anité Ferrari tiene uno.



Rutina de un loco

Woody Allen se escapa
Por la ventana del baño.
No deja rastros.
Luego algunos lo ven,
En La Cañada,
Pateando algunos cubos de basura
Y tocando el clarinete
cerca del Mercado Norte.
Le avisan a ella.
Ella llega corriendo, hermosa,
Como la Keaton, como la Farrow.
Lo mira, le acaricia la cabeza,
Tararea una canción
Y tomándolo del brazo
Se pierden en la bruma
Por el lado del puente ( pero no de Manhattan)
Rumbo a casa ( Pabellón 7).



Joe Di maggio la buscó

Dice que escuchó llorar
a Marilyn aquella noche
Que la buscó por toda la ciudad,
en cada manzana, en todos los parques,
en cada edificio.
Dice que no le alcanzó la noche
y que lo madrugó el diario
con la cabellera rubia entre las sábanas
de la primera plana.
Desde entonces siempre hay una flor,
fresca, radiante, dolida, para ella.



Esta ves no te escaparás Jacqueline Bisset

Te he visto Jackie,
es en vano que lo niegues
y que te escondas
detrás de tus ojos claros.
Te he visto en Las Cuartetas
devorando una especial de pollo.
Tus piernas cruzadas
sobre un mar de miradas,
tus cejas como una arco iris
y tu pelo libre, como el pelo libre.
Te he visto Jackie: voy a buscarte.




Una nota de Fassbinder junto a su cuerpo

Alguien dijo que andando se fortalece el corazón,
pero se olvidó de decir que también se cansa.
Estoy tan solo y triste
en éste mundo abandonado.
Me siento en la calle
a esperar la noche.
Me surca un río de pena
por toda el alma.
Te quise tanto amor...tanto te quise.




En una tarde lluviosa pueden darse los paseos más tristes

Está lloviendo.
¿ Quieres dar un paseo ?
Estoy triste.
Murió Truffaut,
Y nadie se ha dado cuenta,
excepto la lluvia.
¿ Demos un paseo ?
Prestame tu brazo.
Te regalo el mío.
Se fue Francois, y
la tarde está tan fría.

Hamlet Home

Una obrita de teatro (1992 )

El que avisa no es traidor: a cuento de aclaración

Es preciso señalar que esta suerte de obra teatral es mala. Tuve mis serias dudas sobre incluirla o no. Finalmente decidí hacerlo: es muy posible que haya sido un error, pero lo mismo da. La idea me parece buena, aunque reconozco que tiene problemas de estructura dramática y de personajes ( casi nada ). Pero lo hice porque me divierte leerla. Está inspirada en las tribulaciones de algunos grupos teatrales independientes que tuve la suerte de frecuentar en mis días de cronista de espectáculos en La Voz del Interior. Que les sea leve.


Personajes:

Ricardo: Bernardo
Juan: Hamlet
Sofía : Horacio
Elisa: Marcelo
Pepe: Francisco
Roberto: marido de Sofía
Director de la obra
Productor de la obra
Periodista


Obra en un acto.
La acción transcurre en un galpón de una casa. Hay una escenografía típica de los espectáculos underground de los ´80: decorados reciclados, mucha chapa, papeles pintados, nylon, etc. Se representa un Hamlet vanguardista.
Se desarrollan las escenas 1,2,5,6 de Hamlet, de Shakespeare, según la traducción de Fernandez de Moratín. Es indispensable que esas escenas estén prolijamente “ mal actuadas”. Los actores deber demostrar ser toscos y con problemas de dicción. El público no debe saber que en lugar de ver una nueva versión de Hamlet, está asistiendo a la representación de un ensayo de un grupo semiprofesional de teatro.
Cuando está por culminar la escena 6, y la paciencia del público empieza a agotarse, irrumpe por un costado Roberto, interrumpiendo la actuación.

Roberto ( enojado ) :
¡¡ Paren un poco manga de locos ¡!

Los actores interrumpen las acciones y se vuelven hacia el intruso

Juan ( fuera de sí ):
¿ Pero qué carajos te pasa ?

Roberto:
pasa que el vecino del fondo me acaba de decir que si ustedes no paran con este quilombo va a llamar a la policía…. ( levanta la voz )… eso pasa.

Ricardo:
que llame a la cana nomás, viejo de mierda, que nos importa

Juan (caminando hacia Roberto y luego en dirección contraria):
No puede ser, la puta que los parió que estemos en medio de una ensayo general y vós nos vengas con semejante huevada. ¿ Qué te crees que es esto ?

Roberto:
¿ y qué querés que haga ? Si el tipo se asoma por la tapia y me amenaza gritando como un loco.

Sofía ( con cierta calma): pero mi amor….tenía que ser en éste momento, estamos en una parte importante.

Hay una pequeña pausa. Algunos actores se sientan, otros se tiran al suelo, otros, con fastidio, pegan patadas al piso o a las paredes.

Roberto:
algo de razón tiene el tipo: está con la vieja enferma de cáncer y se viene soportando este lío desde hace tres meses….

Juan:
lo único que falta ahora: se enferma una vieja en el barrio y no se puede hacer ruido…. No me lo puede creer.

Pepe:
así no se puede srguir man. No podemos estar pendientes de estas cosas para hacer teatro, esto no existe, man

Roberto:
Sí existe,man ( con burla) ¿ Dónde se creen que están ¿ ¿ En el San Martín ? Están en medio de un barrio donde vive ¡¡¡ gente normal ¡!! Saben lo que haría yo si tengo a unos cosos como ustedes gritando todo el tiempo al lado de mi casa: los cago a patada, los reviento.

Juan:
Esto es teatro loco, por si no te enteraste.

Roberto:
Será teatro, pero no pueden hablar más despacio, parece que los estuvieran matando. Hacen un escándalo con esa escenita de mierda.

Elisa ( viniendo desde el fondo):
¡ Cómo escenita de mierda ? Es la columna vertebral de la obra…. Es un momento profundamente dramático, Roberto.

Roberto ( enojado):
perdonáme Elisa, pero esa escena más que trágica es terrible. Ustedes se han visto actuar: me duele decir esto, pero son un desastre chicos.

Ricardo ( furioso).
¿ Pero que te pasa dentista de morondanga ? ¿ Quién te crees que sós para hablarnos así ? Esto es teatro, te guste a vos o no, faltaba más.

El elenco se impacienta. Sofía va hacia su marido, trata de calmarlo.

Roberto:
está bien, está bien, perdonen, no se pongan así, no los quise ofender; lo único que les pido es que no hagan tanto ruido, porque vamos a tener problemas.

Luego Roberto da medio vuelta y se pierde tras los decorados. El clima en el elenco es tenso.

Pepe ( a Sofía) :
que joyita tu marido, nena… entra, hace lío y se va a la mierda.

Sofía:
discúlpenlo, pero algo de razón tiene.

Súbitamente y desde la primera fila del público el director de la obra se levanta y va hacia los actores. Furioso y con evidentes signos de histeria se deja caer de rodillas en el piso.

Director ( con voz levemente afeminada y sobreactuando):
No puede ser… no puede ser, yo, todo un nombre en el teatro de esta ciudad ( golpea el piso), trabajando acá… no puedo creerlo.

Los actores observan, atónitos.

Director:
yo, que hice los mejores Chéjov, que traje el primer Ionesco, yo que hice comedias musicales y le hice conocer Brecha a miles de brutos e incultos…. Yo estoy aquí, haciendo teatro con un grupo de amateurs, en éste galpón de mierda, donde no se puede hacer ruido porque se enojan los vecinos, donde no se pueden escuchar los parlamentos por el ruido de los colectivos y donde no viene un puto espectador…
¿ Porqué, señor, porqué ? ( llora y se toma la cabeza con las manos).

Roberto alertado por los gritos vuelve a entrar a escena. Se queda a un costado, está tomando mates. El director sigue en el suelo. Juan totalmente ofuscado se acerca a él y lo increpa duramente.

Juan:
dale pelotudo grandote, levantáte y no te hagas el ofendido…. Me cago en la mierda. Sino querés trabajar con nosotros tomate el buque, gilún.

Pepe:
pero mirálo vos al gran regisseur llorando como una nena. Si sós un fracaso también, un perdedor.

Director ( incorporándose y yendo hacia Pepe): fracasado yo, actorzuelo de pacotilla, que no podés recitar ni tu nombre sin equivocarte, pedazo de grasa, sós de última.

Pepe quiere trompearlo, pero Ricardo lo ataja. Todo el grupo lo rodea. Las mujeres tratan de protegerlo. Roberto se divierte con la escena.

Juan:
sino sos un fracasado, ¿ qué haces acá con nosotros ?

Director ( apartándose):
muchas veces me he preguntado eso y ahora mismo he encontrado la respuesta: me voy chicos. Arrivederci y que les garuge finito, mediocres.

El director se va hacia un costado, toma su abrigo y se va de la sala. El elenco lo putea. Hay un momento de desazón y de silencio. Luego Roberto ( siempre tomando mates) entra en escena.

Roberto:
ché chicos, acabo de hablar con el vecino y me dijo que la madre está desahuciada… que es cuestión de días, que lo más probable es que para el estreno la vieja se haya muerto. Que entonces no habrá problemas con los ruidos, pero mientras tanto me pidió que bajaran el volumen.

Sofía:
Que estreno mi amor, esto se fue al carajo.

Juan ( sentado a un costado):
No puedo creerlo. Tanto esfuerzo que pusimos en esto, ¿ para qué digo yo ? ¿para qué?

Ricardo:
¿Cómo para qué? Si esto es lo que nos gusta, si esta es nuestra vida, porque nos vamos a desanimar porque un pelotudo se vaya….. Directores sobran.

Elisa:
No que quieran trabajar con nosotros

Roberto:
Disculpen chicos, pero la cosa no es tan fácil…

Pepe:
sonamos, volvió el odontólogo artista…

Roberto:
Yo seré dentista, pero el teatro me gusta y algo entiendo ché. Lo suficiente para darme cuenta de que hay algunas cosas que no funcionan, que en estos tiempos hay cosas que no van más.

Juan ( con desaire):
A ver sabelotodo. ¿Qué cosas?

Roberto ( paseando en círculos por el lugar):
Todo esto. Miren esa planta de luces, es horrorosa. Miren esa escenografía, y esos trajes. Vean esta utilería ( le saca la espada a Ricardo). Esto es de terror, esto no es teatro, esto es más pobre que el ropero de San Francisco de Asís

Algunos actores ríen a desgano. Elisa murmura algo sobre las espadas.

Roberto:
Perdonen chicos, pero esto es de una pobreza increíble. Miren este afiche ( levanta un papel). Dá lastima. ¿ quién va a venir a verlos con semejante invitación? Yo, desde luego que no, y eso que mi esposa en el grupo.

Sofía:
Pero Roberto, por favor

Roberto:
Hay que cambiar muchachos. O ustedes ¿ no se acuerdan de las obras anteriores ? esto no va más.

Ricardo:
¿ y qué querés sino tenemos un mango ?

Roberto:
Usen la imaginación, que se yo. Hagan cosas más fáciles, dejen a Shakespeare en paz y hagan mimo, que se yo.

Juan:
Porque no te vas un poco a la mierda, ah

Roberto ( mirando a Sofía con ternura):
No se enojen chicos. Pero hacer teatro es una cosa seria y a veces hay que saber porque se lo hace.

Pepe ( aplaudiendo):
Bien man, bien, que lindo discurso, parece que tenés la posta vos.

Roberto:
Yo no la tengo la posta, pero sinceramente este Hamlet es un moco. Agradezcan que mi esposa está en el grupo, porque sino lo saco cagando, que buena falta me hace el galpón para guardar cosas.

Sofía:
Ya está Roberto, ya está bien.

Roberto:
Ok, chau, ustedes sabrán lo que hacen ( se va)

Los actores quedan solos con sus dudas. Al cabo de unos segundo y de uno en uno, los actores dejan la escena. Solo queda Sofía . Una luz cenital la envuelve. Por detrás se ve la figura de Roberto que la abraza, le acaricia el pelo.


Roberto:
Nos hemos quedado solos, mi amor

Sofía ( como declamando hacia el cielo):
Siempre nos quedamos solos.

Apagón

Cuando vuelve la luz, los actores están saludando. Roberto, en nombre del elenco, da las gracias al público. De entre las plateas, un hombre, iracundo se levanta y grita.

Periodista:
¿ y este es el final ¿ ¿ esto no puede terminar así?

Roberto:
Claro que puede terminar. Este es el final.

Periodista:
Pero esto es absurdo, es una estafa, es poco serio.

Roberto ( sorprendido):
Yo que sé, yo no tengo la culpa, apenas soy un actor.

Sofía:
Y nosotros

Todos asienten.

Periodista:
Y soy periodista y da la casualidad que tengo que hacer la crítica de esto. Y para mí, que quieren que les diga, esto no tienen final. Le falta un final.

Elisa:
No se que le decirle, preguntale al productor

Periodista.
¿ y dónde está?

Productor ( sentado entre el público):
¿qué es lo que querés? ¿ de qué te quejas?

Periodista:
Quiero explicaciones

Productor:
Explicaciones, pero miralo vos al señor crítico. Quiere explicaciones y se queja. Pagá alguna vez la entrada y después quejáte.


Periodista:
A esta obra le falta un final, así no puede terminar: es confusa e incomprensible.

Productor:
¿ y qué tiene? Hay cientos de obras que ni principio tienen y vos te preocupás por un final. No oíste hablar de la crisis de la dramaturgia, hermano.

El elenco asiente y respalda a su director

Periodista:
Sos un chanta

Productor:
y vos, que has escrito maravillas de obras que daban ocote, solo porque te culeabas a una de las actrices. No te hagas el serio que te tenemos picado el boleto.

Periodista ( yéndose):
Los voy a destrozar, mediocres de mierda.

Todos los actores lo putean.

Periodista ( casi en la puerta):
Se van a acordar de mi.

Productor:
Pero si no te lee ni tu madre, pelotudo

Sofía:
Maricón

Elisa:
Eunuco

Pepe ( mirando a Elisa):
¿Qué es eunuco ?

Cesan los insultos. Reina el silencio. Luego, el Productor habla al público

Productor:
Sepan disculpar este desagradable momento. Son cosas que suceden. Pero si ustedes coinciden con ese señor y quieren un final, le daremos un final. Esperen un momento.

Se apagan las luces. Se escuchan voces.

Productor:
Roberto y Sofía, vuelvan a escena y hagan un final.

Sofía:
¿ estás loco?

Roberto:
¿Qué hacemos ¿

Productor:
No sé improvisen, ¿ no son actores acaso ?

Se encienden las luces. Roberto y Sofía están sentados en el suelo y abrazados.

Sofía:
¿ y ahora qué hacemos, mi amor ?

Roberto:
No sé. ¿ querés un café?

Sofía:
No gracias, no bebo

Roberto:
¿ Te preparo algo de comer ?

Sofía:
No tengo hambre

Roberto:
¿ nos echamos un polvito ?

Sofía:
No fornico en ayunas

Roberto:
Bueno nena, agarra una, porque sino no podemos seguir.

Sofía:
¿ qué hubiera dicho Shakespeare ?

Roberto:
Hubiera dicho. Ser o no ser, esa es la cuestión. Mentir es dormir. ¿ No más? Este es el espacio de la noche apto para los maleficios ( Sofía lo mira asombrada). Esta es la hora en que los cementerios se abren y el infierno respira contagios al mundo. Esta es la hora del engaño. ( Toma a Sofía de los pelos) ¿ porqué eso es lo que habeís hecho conmigo, zorra ?

Sofía:
¿ qué hice para que con tal aspereza me insultes ?

Roberto:
Me habeís engañado. Decidme con quién, Julieta. ¿ Con quién?

Sofía ( tratando de zafar su cabellera):
Puesto que lo sabeís y la vergüenza es un puñal que se entierra en mi pecho, he de confesaros la verdad.

Roberto:
Adelante….

Sofía:
Con el bello Romeo

Roberto ( le suelta el cabello, la empuja y ella cae de espaldas):
¡¡¡ Puta de mierda !!!

Sofía:
Perdóname amor, te lo ruego, perdóname

Roberto:
Apenado estoy, no he de negarlo, pero reconozco que prefiero a Romeo antes que a Otello. No hubiera soportado ser engañado por ese negro presuntuoso.

Sofía:
Que tu misericordia caiga sobre mi, amor, te lo ruego

Roberto:
Nunca, jamás. Que los dioses se apiaden de tu alma. Si no eres mía no serás de nadie.

Saca un revólver de entre las ropas y le dispara. Ella muere. Luego dispara a las sombras que están detrás de escena. Se escuchan los gritos de los actores muriendo.
Luego se pone el revolver en la sien.

Roberto:
Muero contento, un final hemos conseguido.

Suena disparo. Apagón.

FIN

De los 30 a los 40: ser adulto no es buena idea

Lo mejor de cumplir 30 años es hacer una fiesta. Es como que ese aniversario es el fin de una época. Se acabaron los 20, ya no hay margen para las boludeces; está el rollo ese de sentar cabeza y otras cosas por el estilo. Al mismo tiempo es un buen momento para darse cuenta donde uno está parado. Los 30 años me agarraron en un momento extraordinario. Estaba en la cima del mundo ( acá hay que puntualizar que esa cima estaba en Córdoba, lo que nos da una idea de una cima mas bien pequeña, tirando a loma o cerro, para ser más autóctono), o por lo menos yo lo creía así: era Secretario de Redacción de un diario, cobraba un sueldo razonable y por las noches me esperaba una bella mujer en casa. Tres grandes razones para hacer una gran fiesta. Y vaya si lo fue. No se los he dicho hasta ahora, pero me encanta organizar fiestas, promover encuentros para que la gente se conozca y se divierta. Aquel 9 de julio de 1994 fue apoteósico. No solo por la fiesta privada con la familia, sino por la que ocurrió en el galponazo donde vivía, que pomposamente, llamaba loft. Estaba la flor y nata del jet set cordobés y todos mis amigos. Corrió vino, whisky, champagne, algunos estupefacientes y mucho, mucho rockanroll. Nunca olvidaré ese festejo porque fue maravilloso: diversión en estado puro.
Sin embargo, aquella bacanal extraordinaria que podría haber sido el presagio de grandes tiempos, tan solo fue un momento fugaz, un resplandor. A los pocos meses las cosas empezarían a torcerse. A comienzos de 1995 dejé de ser secretario de redacción, porque el diario en el que trabajaba ( Página 12 – A Diario) quebró, el sueldo dejó de existir y aquella mujer que me esperaba por las noches se volvió a Buenos Aires y me olvido por otro. Todo esto al compás de un nuevo ritmo que ignoraba: El Efecto Tequila, que al parecer llegaba destinado a conmover los cimientos de capitalismo.
Luego de unos meses de angustia y desorientación, decidí huir: me fui a España vía Moscú en noviembre de 1995. Tuve tiempo sin embargo para hacer algunas cosas antes de irme: escribí una obrita de teatro llamado Meliés, organicé una muestra sobre El Centenario del Cine en el sótano de la Casona Municipal, al que asistieron cerca de 18 personas durante los dos meses que duró; mantuve un fulgurante romance con una hermosa joven llamada Carolina, y trabajé con mi gran amiga Cuini Amelio Ortiz, en un documental para Alemania titulado Hotel Edén. Luego me marché y volví a los 8 meses y luego me volví a ir a España y luego volví para quedarme. Estaba tan confuso que no sabía que hacer: fue entonces cuado decidiíquedarme con mi confusión en Córdoba. Para eso esta la casa de uno.
Mi obstinación por querer trabajar de periodista y encima hacer cosas interesantes no me posibilitó grandes oportunidades. Si hasta trabajé unas semanas en el diario Comercio y Justicia, imaginen ustedes lo perdido que estaba.
Afortunadamente el azar y la magia acudieron a mi rescate la noche del 7 de febrero de 1999. El amor apareció nuevamente en mi camino, más exactamente a orillas del Lago San Roque, bajo la apariencia de una hermosa mujer llamada Andrea Evangelisti. Mis amigos Silvana Schwartz y Pepe Garrido oficiaron de accidentales celestinos. Cuando nos despedimos aquella noche luego de charlas, miradas y tímidos besos, ninguno de los dos imaginamos que atravesaríamos juntos la primera década del siglo XXI. Nunca estaré lo suficientemente agradecido a aquel tórrido y pasional verano por haberme dado la posibilidad de enamorarme otra vez.
En setiembre de 2002 me marché de Argentina. Me fuí a España. Cargaba en mi haber con un interesante proyecto con amigos y la promesa de que Andrea me seguiría unos meses después. En el debe, llevaba algunas nuevas frustraciones a cuestas, especialmente la decepción tremenda del Gobierno de la Alianza, en el que había creído como remedio a la obscena etapa menemista y una fallida experiencia de trabajo en Radio Nacional.
Una vez en Madrid las cosas no salieron como las había planeado. Ser inmigrante no es una tarea fácil. Aquel proyecto fracasó, llevándose también por delante amistades de muchos años. Afortunadamente Andrea estaba conmigo y juntos salimos adelante.
Poco días antes de cumplir los 40 años dí un paso importante en mi vida: me casé con ella y desde entonces somos felices, como en los cuentos.
Pertenece a esta década, una obra de teatro dedicado a Georges Mélies, un tipo al que admiro profundamente; algunos relatos cortos, poemas, un diario de viaje y guiones, escritos todos a caballo entre Madrid, Galicia, Berlín y Córdoba.

Méliés, el mago

( 1995)

Fue escrita a propósito del Centenario del Cinematógrafo, con la intención de ofrecerla al grupo cordobés “Cirulaxia Contra-ataca” para su puesta en escena. Eso jamás ocurrió porque nunca le comenté a alguno de sus integrantes sobre la existencia de esta pieza.


Personajes:
Georges Meliés, anciano
Periodista
Mucama
Georges Meliés, joven
Tres hombres y tres mujeres ( troupe de Meliés)

Obra en un acto
El escenario se reparte en dos niveles: uno inferior, dividido a su vez en dos espacios: habitación del asilo y el Teatro-Jardín de Meliés). El nivel superior es una pantalla en la cual se proyectaran sombras e imágenes de los filmes de Meliés.


Un anciano está sentado en una mecedora, en la penumbra de una habitación. El mobiliario remite a la década del 30. Un par de ventanas dejan vislumbrar edificios y tejados de la ciudad de París. Predomina en el lugar una atmósfera de soledad y monotonía. A lo lejos se oyen ruidos de la calle.
Golpes en la puerta-

Meliés:
¿ Quién es?

Mucama:
Monsieur Meliés, soy Elisa.

Meliés:
Adelante hija, adelante

Mucama ( entrando)
Excúseme Monsieur Meliés, pero era para avisarle que un hombre de la prensa quiere verlo personalmente.

Meliés:
¿ Un periodista?

Mucama:
Oui Monsieur, ha llamada en otras ocasiones

Meliés:
¿Acaso le ha dicho usted que estoy?

Mucama:
Oui Monsieur, ¿ he hecho mal?
Meliés:
¿Y que querrá ese hombre?

Mucama:
Pues eso mismo le pregunté yo, y el caballero, que dicho sea de paso, es muy galante, me ha dicho que es para hacer un reportaje para el periódico.

Meliés:
Elisa, no es un buen día para bromas

Mucama:
Por favor, Monsieur Meliés, nunca bromeo, usted lo sabe. El hombre parece serio y viste muy bien.

Meliés:
¿ Y está acá?

Mucama:
Oui, y me ha dicho que necesita verlo, que no se irá sin hacerlo.

Meliés:
Caramba, que modales, ( con resignación), pues hágalo esperar un momento, mientras me peino un poco y luego dígale que pase. Veamos de qué se trata todo este asunto.

Mucama:
Oui monsieur, y no es un asunto, es una entrevista para el periódico. Caramba que se va a hacer usted famoso.

Meliés ( levantándose y yendo hacia el tocador a peinarse):
Calla insensata, calla y ve a hacer lo que te he dicho.

La mujer sale, cierra la puerta y el anciano aprovecha para peinarse, ajustarse la corbata, acomodar algunas revistas y libros. Luego vuelve a sentarse y echa una manta sobre sus piernas. Se oyen golpes y la puerta se abre. Un hombre joven, de traje y sombrero ingresa a la habitación.

Periodista ( yendo hacia Meliés y ofreciendo su mano)
Buenas tardes, Monsieur Meliés, es un inmenso placer conocerle.

Meliés ( devolviendo el saludo e invitando a sentarse al hombre):
¿ y porqué para un saludable joven como usted es un placer conocer a un viejo tan ocioso como yo?

Periodista:
Yo no diría eso monsieur. Redoblo el saludo: es un inmenso placer estar frente a un gran artista como usted.

Meliés ( con sorpresa):
¡ Gran artista¡¡ pero que interesante sentido del humor tiene usted, muchacho. Creo que se ha equivocado de persona. En todo caso fui un gran artista, ahora soy lo que puede ver: un monótono coleccionista de atardeceres…y de revistas de variedades ( tiene una en su manos, y la agitada en el aire).

Periodista ( sonriendo):
Antes que nada quisiera presentarme: mi nombre es León Druhot, soy reportero del Ciné Journal y desde hace largo tiempo estoy detrás de sus pasos.

Meliés:
Menudo trabajo se ha tomado usted. Mis pasos son demasiado cortos, siempre he estado aquí.

Periodista:
No siempre, hasta hace pocos meses atrás usted frecuentaba cierta juguetería de Montparnasse, pero un buen día le perdí el rastro y me preocupé.

Meliés:
Caramba, veo que usted sabe mucho. Ya estaba viejo para ese trabajo, sabe, pero no la pasé tan mal.

Periodista:
¿Y cuánto hace que está aquí?

Meliés:
He perdido la cuenta, pero son algunos meses, aunque a mí me parecen siglos.

Periodista:
Pero mi búsqueda ha terminado, finalmente he dado con usted

Meliés:
Y usted me sabrá decir en qué puedo ayudarlo.

Periodista:
La razón de mi búsqueda, durante tanto tiempo, se debe a que necesito entrevistarlo para mi periódico..

Meliés:
¿ Y para qué quiere tomarse esa molestia?

Periodista ( sonriendo):
No es una molestia, es un milagro que lo hayamos encontrado, porque usted, Monsieur Meliés es un orgullo para Francia, para la historia del cine y del espectáculo. Con un grupo de periodistas y escritores estamos preparando un gran volumen sobre la Historia del Cine y, créame, usted debe estar en él.

Meliés ( con cierta satisfacción por el elogio):
Usted debe ser el único que piensa así. ¿ Acaso no lo habrá enviado el médico para levantarme el ánimo ?

Periodista:
De ninguna manera, monsieur. Quizás aún no le haya llegado el momento del gran reconocimiento, pero usted estará en la historia grande del cinematógrafo. Se lo aseguro.

Meliés:
Es una mentira muy halagadora.

Periodista:
No es un cumplido, es la verdad: usted es un artista, un grande del cine.

Meliés:
¿Cómo Chaplin, como Fairbanks ?

Periodista:
En otro nivel, claro que sí. Usted es un pionero y eso algún día será reconocido por las futuras generaciones, ya lo verá usted.

Meliés:
Pionero… y ahora el último de todos. Eso debe sonar bien para su entrevista.

Periodista
¿ eso quiere decir que podríamos conversar y tomar notas un rato?

Meliés:
¿Por qué no? Además su usted tiene tiempo para perderlo con un viejo como yo, que podemos perder. Póngase cómodo, deje ese sombrero sobre la mesa y por favor, sírvase una copa de aquel cognac, está realmente muy bueno.

El joven se sirve una copa, extrae de un portafolios una libreta y un lápiz. Comienza a hacerle preguntas.

Periodista:
¿ Cómo descubrió el cine, Monsieur Meliés?

Meliés:
¿ qué como lo descubrí? Fue hace tanto tiempo. ¡¡ Ah, que día maravilloso fue aquel !!
Un día glorioso, créame jovencito. Era diciembre en París, y rara cosa, no hacía tanto frío, a pesar de estar en pleno invierno. Yo estaba en mi teatro, el Houdini, ensayando un nuevo número de magia junto a mis…….( se diluye la voz)

Se apagan las luces de la habitación y se enciende el otro sector del escenario, en el que se ve a Meliés joven, junto a actores y técnicos trabajando sobre ciertos trucos de desaparición de objetos. Todos visten desaliñados y el escenario está plagado de escenografía de cartón pintado, mesas, sillas y otros elementos propios de los magos.

Meliés ( enojado):
¡ Rayos ¡! No puede ser…no puede ser…debe ser más sutil éste truco, debe ser más sutil ( camina en círculos). ¿ Cómo puede ser que no me salga?

Ayudante 1:
No se enoje Monsieur, recuerde que el truco del paraguas también le costó, pero al final fue un rotundo éxito.

Meliés ( gritando):
Lo sé, lo sé, pero digo yo acaso que no me vaya a salir ? Simplemente me fastidia que me cueste tanto esfuerzo.

Ayudante 2 ( entrando):
Monsieur Meliés, no quisiera importunarlo….

Meliés:
No lo hagas Pierre, entonces…

Ayudante 2:
Ya lo sé, monsieur, pero…

Meliés:
¿ Pero que?

Ayudante 2:
Es que solo faltan 15 minutos para que empiece el espectáculo de Los Lumiére y usted me dijo que le avisara, lo recuerda.

Meliés:
¡ Quince minutos!!, rayos y centellas, que tarde se ha hecho, pero como no me avisaste antes, Pierre, por dios.

Deja la mesa, los trucos, avanza hacia un extremo del escenario, se pone el saco y el sombrero y antes de salir, exclama, como un poseso.

Meliés:
Señores, vamos hacia el Café, averiguemos que hay de cierto en esa máquina de Los Lumiére. Dicen que es mágica, y yo digo que la única magia está sobre un escenario. ¡¡Vamos ¡!

Apagón
Se enciende el piso superior. Detrás de un telón se pueden ver las sombras de personas sentadas en un salón. Se escuchan murmullos y gritos de histeria. Una voz en off anuncia: Damas y caballeros, silencio por favor, porque hoy, 28 de diciembre de 1895, en éste Café del Boulevard Des Capuchines, en la maravillosa ciudad de París, va a comenzar el mayor espectáculo jamás visto por el hombre……..

Se apagan las luces y sobre la tela se proyectan imágenes de los filmes: “ El tren llegando a la estación” , “ Salida de los obreros de la fábrica”, “ La comida del bebé” y “Vistas de París desde el barco”. De fondo se escuchan exclamaciones de sorpresa.
Cuando terminan las películas, se vuelve a ver las figuras de la muchedumbre. El griterío y las vivas se multiplican. Lentamente se diluyen las voces y se apaga el nivel superior.
Se enciende el espacio del asilo.

Meliés anciano:
¡¡¡ Que maravilla era eso !!! Nunca había visto nada así. La vida misma estaba allí, en esa pared, en ese haz luminoso. Esa era una magia superior cualquier otra que yo conociera. Fue realmente hermoso: de la emoción no podía levantarme de la silla. La gente deliraba, saltaba, aplaudía, otros habían huido aterrorizados. El lugar era un pandemoniun.

Periodistas:
¿Los Lumiére estaban allí ?

Meliés:
Estaban al final del salón, cerca de esa máquina maravillosa. Estaban confundidos y exultantes. Sus caras eran el más vivo asombro, y no era para menos. Recuerdo que me acerqué a ellos, les estreché las manos, los felicité y luego partí con amigos hacia un bar de Monmartre a tomar champagne y a escuchar como la noticia corría de boca en boca y de mesa en mesa.

Periodista:
¿ Ese día fue una revelación para usted?

Meliés:
Más que eso, muchacho. Solo comparable al día en que conocí al gran Houdini. Nada fue igual para mí después de ese día: fue como si el universo se hubiese abierto para mí.

Periodista:
¿y después que?

Meliés:
Intenté que los Lumiére me vendieran una de esas máquinas. No me importaba el precio, yo solo quería tener una. Imaginaba que mis números de magia no tendrían parangón si lograba utilizar ese invento. ¿Y sabe que ocurrió, joven?

Periodista:
¿qué?

Meliés:
No querían venderme una porque decían que no querían estafarme, que apenas era un juguete sin futuro. Tuve que insistir y esperar un tiempo para convencerlos. Finalmente a través de otro inventor, me hice de una máquina similar.

Periodista:
¿Y allí comenzó su aventura?

Meliés:
Así es. Que bella vida fue aquella ……

Apagón en el asilo. Se ilumina el otro espacio: esta vez es un jardín. Allí está Meliés joven con su cámara montada en un trípode y filmando. Hombres y mujeres con trajes de comienzos de siglo, sombrillas, paraguas y bastones, desfilan frente a la cámara. Realizan movimientos payasescos, torpes y graciosos. Meliés da órdenes y los hace posar de diversas maneras.
En off, Meliés prosigue su relato:

- La primera vez que tuve una cámara en mis manos fue en un domingo por la mañana. Estábamos con mis actores en el jardín de mi casa. Jugábamos y nos divertíamos. Dios sabe cómo nos divertíamos. Para mí era muy gracioso mirar por el foco y darme cuenta como se achicaba el mundo. Sin dudas yo pensaba que no era como asistir al teatro, pero esa máquina podía servir para trucos muy interesante. Fueron años maravillosos.

Apagón. Se enciende el asilo.

Periodista:
¿ entonces usted no estaba convencido del arte del cinematógrafo?

Meliés:
No existía nada de eso, muchacho. El cine eran solo las películas de Los Lumiére, que ellos mismos se obstinaban en restarle méritos artísticos, y algunas cosas de Edison y de Pathé. Nadie sabía entonces que estábamos construyendo algo nuevo. Yo mismo lo ignoraba. Para mí, el cinematógrafo solo era un instrumento para integrar a mis números, que eran ya de por si, grandiosas. Y sepa disculpar mi falta de humildad en eso.

Periodista:
¿ por favor? Ya me lo imagino.

Meliés:
No creo que pueda joven, porque eso ya no existe. Aquellos teatros repletos de gente, de rostros expectantes. La música que anunciaba los diferentes números de magia, el aplauso de la gente, la risa de los niños… ohhhh….el arte en su máxima expresión. Grandioso.

Periodista:
¿y entonces qué ocurrió?

Meliés:
¿ con qué?

Periodista:
Con el cine.

Meliés:
Pasar, pasaron muchas cosas. Me pasa un poco más de cognac. ¿verdad que está bueno?

El periodista le sirve otra copa. El le agradece.

Meliés:
¿en qué estábamos?

Periodista:
En que usted tenía la cámara y la usaba para sus trucos.

Meliés:
Claro que sí. Se podría decir que en ese momento empezaron los años más fascinantes de mi vida. Era como una fiebre que me cubría todo. Millones de ideas, de imágenes y de historias pasaban por mi cabeza y todas se convertían en pequeños filmes. Recuerdo que… ( se diluye la voz)

Apagón. En el nivel superior, en la pantalla se proyectan fragmento de algunos filmes : El viaje a la luna, 20.000 leguas de viaje submarino, El viaje increíble, El mago de la China y Los afiches se divierten.
Cuando termina la proyección, la acción vuelve a la habitación del asilo.

Meliés ( con cierta melancolía):
Fue una época muy estimulante. Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque a veces también me parece que hace siglos de eso.

Periodista:
¿Y que pasó con su carrera?

Meliés:
con mi carrera. Que gracia tiene usted.

Periodista:
Lo digo porque usted hizo películas hasta el año 1909, y luego es como si perdiera el rumbo.

Meliés:
Es una buena frase: perder el rumbo ( se queda pensativo unos segundos). Lo mio dejó de interesar, sencillamente. De repente mis películas se volvieron viejas y no entendía porque. Todo fue tan ràpido, que en pocos años, eso que había empezado como un juego se había convertido en un negocio con demasiados intereses. Y siendo yo empresario, sabe qué, jovencito, no supe ver lo que ocurría a mi alrededor. Yo estaba feliz con mis trabajos, con mis actores, con mis decorados, con el teatro. De pronto se empezó a hablar en un idioma que desconocía. Había invertido todo cuanto tenía en el cine y continué hasta el último franco. Luego, un buen día, me rendí.

Periodista:
¿Pero usted era un hombre de dinero?

Meliés:
Lo tuve en abundancia, pero así también lo gastaba. El teatro supo de grandes inversiones que muchas veces no recuperaba. Y cuando comenzó el tema del cine, los gastos se multiplicaron. Yo era un artista, un hombre de teatro y de pronto estaba en algo que me era demasiado grande, algo que no entendía bien.

Periodista:
¿Usted era su propio productor?

Meliés:
Así es y cómo tal fui libre de hacer lo que quería, pero luego tuve muchos problemas. Llegó un momento en que, no me pregunté porqué, no era dueño ni de mis propias películas. Estaba el tema de las patentes, que Edison y Pathé manejaban a la perfección, pero no fue mi caso. A los pocos años de empezar estaba en la más absoluta ruina. Perdí todo: el cine, el teatro; mis actores se fueron en busca de mejores trabajos ( hace una pausa y mira hacia la ventana). Hasta Lena se marchó.

¿Quién era Lena?
La luz de mis ojos, el amor de mi vida. Era actriz y rusa. Había trabajado en algunas obra de Chéjov, con el Teatro de Arte de Moscú y aquel extraño sujeto, que ahora no recuerdo su nombre.

Periodista:
El maestro Stanislavsky

Meliés:
Correcto. Pues un buen apareció por París en busca de nuevos horizontes y allí la conocí. La amé desde el primer día en que la ví y ella supo retribuirme ese amor.
Puede verla en algunas de mis películas, si es que acaso logra encontrar alguna. Pero como casi todas las historias de amor, un buen día se marchó nuevamente a su tierra y ya no supe más nada de ella.

Periodista:
¿Fue un triste final?

Meliés:
Sí que lo fue. Un día tenía el cielo, y en un abrir y cerrar de ojos, estaba en la calle, sin nada más que recuerdos, trabajos de mala muerte para ganar unos francos, y luego ya ve, este asilo para viejos inútiles y ociosos.
Esa es mi corta historia jovencito. No será si será interesante para su periódico.

Periodista:
Claro que sí. Espero que pueda volver a verlo, monsieur Meliés, porque, ya le digo, que varias personas están dispuestas a mover cielo y tierra para que usted sea reconocido como el gran artista que fue.

Meliés ( sonriendo).
Si usted lo dice.

Periodista:
Disculpe la impertinencia, pero no tendrá usted algún material de aquella época. Algunas fotografías, películas, papeles.o algo así….

Meliés:
Películas ni soñarlo. Las últimas las vendí hace un tiempo por una miseria de francos. Todo lo que tengo está en ese baúl. Ande, revise. No creo que sean cosas de gran valor

Periodista ( yendo hacia el baúl y revisando):
Cualquier cosa será de importancia.

Meliés:
Ya ve usted, que son tonterías que han resistido a varios intentos de arrojarlas a la basura.

Periodista ( sacando diversos objetos):
Monsieur, son verdaderos tesoros. Son fotografías de sus obras: son preciosas.

Meliés:
Mire que es raro usted. A ver, muéstreme esa que tiene en las manos

Periodista ( poniéndose al lado del viejo y mostrando la foto):
¿Quién es?

Meliés:
Es bella ¿verdad?

Periodista:
Ya lo creo.

Meliés:
Es Lena, vestida de Josefina, para un filme de Napoleón, que finalmente nunca hice.

El hombre le muestra otras fotografías que va sacando del baúl.

Meliés:
Puede quedarse con ellas y con todo lo que le interese del baúl.

Periodista:
¿en serio? Sería un honor.

Meliés:
No me hacen falta ya. Y ya que usted es el único ser humano que se ha interesado por mí en tantos años, lo considero un acto de justicia. Además, lo más probable es que cuando muera, que puede ser en cualquier momento, es posible que lo tiren a la calle.

Periodista:
Muchas gracias, nos será muy útil para nuestra enciclopedia. ¿ De ella no supo nunca más nada?

Meliés:
Nunca. Se marchó una tarde de invierno, como le dije, y creo que se convirtió en una gran dama del teatro en Moscú.

El anciano hace gestos de cansancio. El periodista se apresta a retirarse.

Meliés:
Sabe una cosa muchacho, creo que por hoy ha sido suficiente.

Periodista:
Por supuesto, Monsieur Meliés

Meliés:
Los viejos nos agotamos de hacer nada

Periodista:
Claro, faltaba más. ¿ Es posible que mi visita se repita?

Meliés:
Claro que sí, aunque no puedo afirmarle que en otra ocasión vaya a acordarme de algunas de las cosas que le dije hoy. ( Se ríe).

Periodista:
¿ puedo pedirle un último favor?

Meliés:
Naturalmente

Periodista:
¿podría regalarme algún truco? ¿ algo sencillo?

Meliés:
Los magos envejecen, pero jamás pierden sus magias, jovencito. ¿Podría usted convidarme con uno de esos cigarros que guarda en su chaqueta?

Periodista ( busca en su chaqueta y le extiende uno):
Por supuesto

Meliés lo toma entre sus dedos, lo convierte en un ramo de flores y se lo obsequia al periodista.

Periodista ( asombrado):
¡¡¡¡ Oh, maravilloso, Monsieur Meliés ¡!!!! Bravo, bravísimo

Meliés:
Gracias, muchas gracias. Ahora si me disculpa, voy a descansar un rato. Sería tan amable antes de retirarse de encender el aparato de radio.

El anciano se levanta y camina hacia una de las ventanas. El periodista recoge sus cosas, enciende la radio y se despide de Meliés.

Periodista:
Ha sido un gran honor monsieur, gracias y hasta pronto.

Meliés:
Muchacho, un pequeño pedido antes de que se marche

Periodista:
Por supuesto

Meliés:
Le ruego que guarde esas flores. Si encuentra a Lena, son para ella, con mi amor de siempre, dígale. Adiós.

Periodista:
Lo haré. Adiós.

El periodista sale de la habitación, cierra la puerta. La música de la radio inunda el cuarto. Meliés sigue mirando por la ventana los techos de la ciudad. Las luces se van bajando tenuemente. El anciano saca el cigarro que le dio el periodista, lo enciende y lo fuma pausadamente.

Apagón.

FIN

Relatos del amor y del olvido

( 1995)


EL AMOR
Y creyó haberle puesto su verdadero nombre a cada animal, a cada planta y a cada cosa existente en el paraíso. Fue entonces cuando Eva le enseño algo que ignoraba: le ofreció su pecho desnudo y le hizo escuchar los latidos del corazón.
- es el amor – le susurró Eva al oído, y Adán, sin comprender demasiado, se quedó aferrado a esos senos, repitiendo las palabras, hasta que el día se perdió en un inmenso cielo de estrellas.


PRIMER EMPLEO
Gutierrez llenó la ficha con sus datos personales. La entregó junto con el currículum a la secretaria. Le joven lo invitó a sentarse en la sala a esperar la entrevista. Una decena de personas también estaban allí por el mismo puesto de trabajo.
Gutierrez se sentó al lado de un muchacho que no paraba de contarle sus desventuras laborales. Gutierrez escuchaba y asentía; no le importaba lo que el tipo hablaba, pero igual asentía.
A la media hora la secretaria lo llamó y le indicó que pasara a la oficina. Gutierrez entró, saludó, y se sentó frente al escritorio del gerente. Tímidamente le extendió su carpeta. El gerente la revisó. Gutierrez se percató de que el tipo tenía un tic que le hacía sacar la lengua a cada instante. Le pareció horrible. El gerente inició un monólogo: lo felicitó por su currículum, por sus múltiples oficios, por sus premios y sus viajes por el mundo. Le habló de la historia de la empresa, de los objetivos, y finalmente remató con la inconveniencia de contar con un hombre de tantos antecedentes para un puesto tan modesto. Luego el gerente tiró la carpeta sobre el escritorio y le tendió la mano a Gutierrez. Fue lo último que hizo: dos balas, amortiguadas por el silenciador, le atravesaron el cuello y lo acostaron sobre el sillón. La sangre no le hacía juego con el bronceado de cama solar. Gutierrez se acomodó la ropa, se calzó unos anteojos oscuros, salió de la oficina y rápidamente ganó la calle.
Varias calles más arriba, en un bar y con una copa de vino mediante, celebró, íntimamente consigo mismo: no había conseguido el puesto de sereno en la empresa, pero había tenido un rotundo éxito con su primer asesinato por encargo.


HABITACION 306
Alzó la vista y pudo ver las columnas de humo a través de los ventanales. Eran como agujas penetrando sobre el perfil de los edificios y las torres. Las sirenas y el griterío de la muchedumbre se oían a lo lejos. Fue entonces cuando Ricardo cayó en la cuenta de que jamás se había sentido tan disociado de la realidad como en ese momento.
Afuera la huelga general decidía el destino de un tambaleante gobierno, pero allí adentro, en esa sala de hospital, el tiempo era de otro espacio, de otra realidad.
Recorrió con su mirada el lugar y podía verse en los diversos rostros de angustia que pululaban en la sala de espera. Sabía de memoria la rutina del lugar: la nerviosa caminata de los familiares, el correteo de los niños, los vasitos de café, los llamados telefónicos y el cansancio agolpado en los cuerpos. Siempre era lo mismo.
El humo, ahora, era una cortina inmensa que flotaba como un fantasma. Las columnas de manifestantes bajaban por la avenida y los altavoces escupían estentóreas consignas contra el gobierno. Afuera la gente decidía el destino del país, pero allí adentro, Ricardo sentía que eso nada tenía que ver con él, porque a esa misma hora, su mujer, su compañera, el amor de su vida, su patria misma, se estaba muriendo en la habitación 306.


RECUERDOS
Hubo un tiempo en que mis padres se amaban apasionadamente. Un tiempo en que se extrañaban, se escribían tontas cartas de amor, en el que se deseaban, se besaban y humedecían sus cuerpos de lenguas y pieles.
Hubo un tiempo en que mis padres se miraban a los ojos y el mundo se detenía para tomarse un respiro.
En ese tiempo yo no existía. Era la nada…era un deseo.
Ahora soy una noche en vela que los recuerda. Soy un manojo de cartas y fotografías que susurran historias de un amor que se gastó.


MARIANA
El día que Mariana lo soñó, la primavera había llegado al pueblo. Tal como ocurría en el sueño, Mariana lo encontró sentado en un banco de la plaza, con su aspecto de viajero y su mochila desvencijada. Se acercó a él, le contó lo del sueño y le dijo cosas de él que eran ciertas. Sorprendido, el hombre le preguntó por el final del sueño. Mariana le mintió; le dijo que lo ignoraba. El hombre, cansado de viajes y caminos, se miró en los ojos de la muchacha y se dejó llevar por la quietud de sus manos.
El día que Mariana lo soñó, también supo del final de ese sueño, pero no dijo ni una palabra de tal cosa. Al fin y al cabo, todavía faltaba tiempo para eso.


LA INSPIRACIÓN DE OCTAVIO
“Ella se fue de boca. Se tragó de un bocado el agua de los mares; se comió las estrellas. Arrancó de cuajo los jardines y aspiró todos los olores conocidos. Desapareció escupiendo flores y dejando tras de sí un rastro luminoso que olía a menta”.
Extraña manera de comenzar una novela, pensó Octavio, pero esas eran exactamente las palabras que había soñado la noche anterior, y para él, eran razón suficiente para escribirlas.
A eso se reduce su relación con Zoe: a soñarla, a poseerla en esa frontera infinita que alarga los recuerdos y los sentidos. Es por eso que Octavio duerme tanto: para soñarla o para saber lo que tiene que escribir. Cada escritor tiene sus formas.


NOCHE DE DESCUBRIMIENTOS
El dirigente sindical subió a la tribuna. Una multitud colmaba las instalaciones. Federico Lozano sintió que su cuerpo era presa de la emoción y de los nervios. Había repasado cuidadosamente su discurso y rogaba tener el coraje necesario para insuflarles el fervor y carisma necesario.
La continuidad de la huelga, dependía en buena medida, de sus palabras. El hombre se paró frente al micrófono, volteó su mirada de punta a punta, y en el momento en que iba a comenzar su discurso, un súbito pensamiento lo dejó perplejo. Visiblemente alterado, pidió disculpas a la muchedumbre, bajó del escenario y apuró sus pasos hacia la calle.
El gentío, consternado, acompañó la huída con un silencio profundo.
- Es posible que mis intuiciones y corazonadas se hayan transformado en una cruel certeza justo en un momento tan importante – preguntó Lozano al taxista.
- A veces pasa – dijo el tipo – cuando uno menos se lo espera, pero siempre es mejor que pase.
A los pocos minutos , Lozano bajó del taxi y entró a su casa. La normalidad debía indicar que su hija estaría en la escuela y su esposa haciendo yoga en el gimnasio. Revisó el living y la cocina y luego se dirigió a la habitación. A medida que se iba acercando, los murmullos fueron dejando paso a jadeos y risas. Cuando abrió la puerta se quedó unos segundos petrificado: su esposa cabalgaba desnuda sobre el cuerpo de un hombre fornido y peludo. La escena le pareció horrible. Ofuscado salió disparado hacia la calle y se sentó en el cordón de la vereda.
El mundo se le hizo tan chiquito que le pareció que podía caber en sus bolsillos y sentía que le colgaban árboles de los brazos.
Aquella noche, sin embargo, Federico Lozano, 42 años, gremialista y padre de familia, descubrió algunas cosas que luego le fueron de gran utilidad: que su esposa tenía una extraña concepción del yoga, que comprendía porque Juan Rodríguez faltaba a los plenarios de delegados, que se sentía muy solo, y que la luna era condenadamente hermosa.
En otro lugar de la ciudad y luego de aguardarlo por varias horas, la multitud se retiró del gremio. El paro continuaba.


LOS TIGRES AL AMANECER
Ninguno de los dos recordaba cuando empezaron a sentirse atraídos. Lo cierto es que estaban allí: en el pequeño apartamento, enredados en la noche, humedecidos de besos y sudores, sedientos como adolescentes.
La luz de la luna hacía firuletes en la espalda de la muchacha. El buscaba constelaciones en su cuerpo bronceado. No había palabras, solo miradas…miradas y respiraciones entrecortadas.
Los minutos fueron horas; los besos cientos de abrazos y pieles. En algunos momentos, cuando los cuerpos se llamaban a silencio, los ruidos de la ciudad invadían el ambiente y entonces todo se parecía a una ajustada sinfonía, una armónica melodía, desgarrada por el rugir de los tigres del zoológico, al otro del parque. Era hermoso escuchar eso: el rugir de los tigres en la madrugada; rugidos de amor y celo, sonidos que alguna vez fueron de la selva y de los montes.
Era verano en la ciudad y la historia de amor no conoció el otoño. De un día para otro ella desapareció sin dejar rastros. El jamás volvió a verla. Sin embargo, de tanto en tanto, cuando el recuerdo lo tuerce, suele caminar hasta la cercanía del parque para escuchar a los tigres. Y cuando eso ocurre, sueña siempre el mismo sueño: que ella aparece de entre los árboles, que lo mira con sus grandes ojos negros, que lo toma entre sus brazos y se abrazan tan fuerte, que se esfuman en el aire, mezclándose con los primeros rojos del alba.


BAJADA DE BANDERA
- Los maté porque odio cuando empiezan a hablar y no paran más….los odio…los odio cuando hace eso.
Con esas breves palabras, Federico Inchauspe, argentino, 33 años, soltero y sin antecedentes policiales, confesó ante el oficial de policía, su responsabilidad en el asesinato de los diez taxistas de la ciudad de Buenos Aires.
- Pero ¿ no pudo buscar otras forma de protesta ? – preguntó el policía.
- ¿ Ha intentado alguna vez hacer callar a un taxista ? Es imposible, creámelo. Yo lo intenté, pero no pude aguantar más. Fueron muchos años, ahora esos ya no hablarán más.
El policía le puso las esposas y mientras lo conducía al calabozo, pensó en que cada día aparecían asesinos más complejos.
La captura de Inchauspe fue la noticia de la semana. La prensa tuvo su festín y la gente no habló de otra cosa en varios días. Y en medio de tanto barullo, nadie se dio cuenta de que los taxistas hablaban menos y en voz baja.


LA ESTRELLA Y EL CAMINO
No sé porque extraña belleza me atrapó aquella estrella. La seguí con la mirada durante varios kilómetros, mientras transitaba la ruta hacia Villa Marta. De pronto la estrella desapareció de mi persecución y la ruta ya no era la misma. No tuve tiempo de asustarme, pues casi al instante la estrella reapareció y todo volvió a la normalidad.
Ahora he comprendido que cuando quiero salirme de la ruta, no tengo más que mirar la estrella: con la práctica he logrado abstraerme del mundo por algo más que un instante.


EL ASTRONOMO
Desde que descubrió la perfecta armonía del universo, el profesor Pérez descuidó el orden terrenal. Su casa es un verdadero desastre: la suciedad no conoce fronteras y los olores se mezclan formando nauseabundas nubes con formas extrañas. El piso está repleto de libros, discos y vestimentas, y las plantas hace tiempo han sucumbido a la falta de agua y luz. Ahora eso sí, en el altillo del profesor Pérez, hay un telescopio inmenso, en el que se puede ver a la luna bailando con las estrellas.


MONA LISA
De tanto mirar a Leonardo, la mujer se enamoró perdidamente. Fue entonces que le regaló su mejor sonrisa.


SERGUINHO SE FUE DE VIAJE
El día que Serguinho Guimaraes abandonó Brasil no se imaginaba, ni por casualidad, que su nombre iba a entrar en la historia. Era muy simple: no tenía pensado irse, y mucho menos, nadando. Lo cierto es que huyó un 27 de febrero de 1979, perseguido por el gobierno al cual combatía desde su trinchera de jefe de la oposición. Acorralado por todos los aeropuertos y puestos fronterizos, Guimaraes no tuvo otra opción que echarse al mar. Y fue así como consiguió la gloria que le fue esquiva como militante: llegó nadando desde Rio de Janeiro hasta las costas del sur de Africa.
El, que había soñado con su nombre en los textos escolares, debajo de la palabra revolución, debía conformarse ahora con leerlo en letras de molde en el Libro Guiness de los Récords.
El, que huyó de su país, como un perro sarnoso, regresaba con una inmensa fama a cuestas y un jugoso contrato para contar su aventura en el horario central de la cadena O Globo. ¿ Las vueltas de la política, que le dicen, no ?


EL PRINCIPE AZUL
Ella soñaba con el príncipe azul. Cuando dormía en sueños tibios y turbulentos, o a menudo despierta, en los lugares más insospechados. Lo buscaba noche y día en los rostros más impávidos, en los cuerpos más extraños, en las calles y en los bares; en los parques y los cines.
Primero se enamoró de un moreno semental que solo tenía aire para copular. No funcionó. Luego de un fornido sujeto que la golpeaba en sus ratos libres. Que eran muchos. Continuó con jóvenes inconformistas, maduros invadidos de problemas conyugales, tipos aburridos, pelirrojos existencialistas, de celosos, de tipos sin mayores pretensiones que el partido de fútbol por TV.
Un día, Julián apareció en su vida y se enamoró de ella. Su príncipe azul había llegado, pero ya era tarde. No fue capaz de reconocerlo. Después de tantos años y experimentos amorosos, ya no se acordaba de cuando lo soñaba, de cuando esperaba, con ansiedad, su llegada; de cuando se dormía, y soñaba que el príncipe azul entraba por la ventana y se quedaba aferrada a su cuerpo hasta que llegaba el alba.


LA CANCION SIN FIN
Una mañana, Charly se levantó y vió que todo estaba oscuro. Preguntó en voz alta qué ocurría, pero nadie le contestó. Caminó a tientas por su departamento y percibió un orden espacial distinto en las habitaciones y los muebles. Nada estaba en su lugar. Quiso ver la hora y no encontró reloj alguno. Fue hasta la heladera a buscar una cerveza, pero no había ni heladera ni cerveza. Entonces se preocupó. Se preguntó si acaso estaba muerto. Luego se dijo que la muerte no podía ser tan aburrida. Abatido, se sentó en el suelo, encogió las rodillas sobre su pecho y rompió a llorar. Al rato se quedó dormido.
Cuando despertó, la normalidad parecía haber vuelto a su casa. La luz del sol entraba por los ventanales y Billie Holliday cantaba blues en su compactera japonesa. Estaba casi desnudo y un terrible dolor le partía la cabeza. Se levantó y caminó con dificultad hacia el baño. Se mojó la cara y se descubrió en el espejo mucho más viejo que el día anterior. Luego volvió al living y se sentó al piano. Garabateadas, en una hoja de cuaderno, encontró las notas de una canción. No recordaba haberlas escrito, pero tampoco no haberlas hecho. Tocó con largos dedos las teclas del piano y una música bella se apoderó del ambiente. Sorprendido por la excelsa melodía, comenzó a escupir palabras destinadas a cada uno de esos acordes. Es la mejor canción de todas, se dijo. Dios sigue de mi lado.
La tarde caía sobre Buenos Aires y una música infinita salió por la ventana para mezclarse en el aire enviciado y el tronar de las bocinas de la ciudad.